lunes, 31 de mayo de 2010

Reflexiones

I Si usted cree que la sensación de "yo tendría que estar haciendo otra cosa en este momento" es incómoda, pruebe con "yo tendría que estar haciendo algo".

II Descubrir que uno tiene todavía algo de ese romanticismo adolescente, incansable y aventurero es maravilloso hasta que uno toma conciencia de lo estúpidas que son las acciones inspiradas por tan extraordinario influjo.

III Los franceses poseen una antigua expresión popular equivalente a nuestro "gastar polvora en chimangos": " peigner la girafe" (peinar la jirafa). Sé que no hay jirafas en Francia.

IV En ciertas ocasiones, uno escribe ensayos serios. Otras veces, disimula una confesión entre tonterías y espera pasar la semana discretamente.

Apéndice: Hablando de franceses. Me compre un librito de la colección "Que sais -je?". El volumen está dedicado a "L'espionage et le Contre-espionage". Comienza argumentando en contra de aquellos que sostienen que lo poco que se sabe sobre el tema se debe a su naturaleza secreta...

martes, 25 de mayo de 2010

Qui desiderat Pacem...

Tengo una guerra en marcha con la burocracia de la AFIP. Tengo una guerra en marcha con los jardineros, que quieren podar los árboles hasta el tronco. Tengo una guerra en marcha con el zaptero, que iba a tener mis zapatos listos para el viernes, aun no me los entrega y sospecho que los ha arruinado. Tengo una guerra en marcha con el que vende boletos del ferrocarril a Suarez en la única ventanilla que no tiene la leyenda pago exacto de la Estación Retiro. Tengo varias guerras en marcha con gente de Puan. Incluso tengo ahora una especie de guerra civil contra una parte de mi mismo que desea lo que no puedo tener, ve lo que las cosas podrían ser y no lo que no pueden dejar de ser. Y no sé cuántos más. Pero ustedes ya conocen a Martín, siempre peleando o indignado por algo.

jueves, 20 de mayo de 2010

Glosa

En cierta ocasión escribí un ensayo con epígrafe de Epicuro: “Con una actividad desenfrenada se acumula gran cantidad de riquezas, pero a ellas se les une una vida desgraciada”. Comenzaba de este modo:

" Corre el año 1770, María Antonieta contrae matrimonio con quien luego sería coronado Luis XVI, Rousseau se instala en París y realiza lecturas públicas de las Confessions; en Córcega, Napoleón Bonaparte da sus primeros pasos. El 27 de Agosto de aquel año, el mismo que meses antes había dado a luz a Manuel Belgrano, nace en Stuttgart el filósofo Georg Wilhem Friedrich Hegel. Cincuenta y un años después publicaría sus Principios de la Filosofía del derecho.

La inicial perplejidad que provoca la obra filosófica elaborada por Hegel finalmente deviene en respeto, más aun, fascinación Esta última impresión resiste a la prueba de su poco efectiva prosa que no carece sin embargo de la eventual y feliz gracia de numerosos pasajes. De aquella puede decirse justamente lo que Borges adjudicaba, con alguna ironía, a la creación de Whitehead:

“Nadie puede entender la filosofía de nuestro tiempo sin entender a Whitehead, y casi nadie puede entender a Whitehead. Su doctrina general es tan indistinta que sus más implacables refutadores corren el albur de apoyar y corroborar lo afirmado por él. Naturalmente, sus divulgaciones contribuyen a oscurecerlo... Palabra por palabra, hoja por hoja, y a veces hasta capítulo por capítulo, Whitehead es comprensible: lo difícil es coordinar en un todo armónico esas comprensiones parciales. Ese todo (me aseguran) existe.”

Mal haría yo, no obstante, procurando una reseña de los Principios de Filosofía del derecho, peor todavía de la obra de Hegel o de su lugar dentro del Idealismo Alemán. El objeto de este ensayo es, en cambio, comentar, analizar y, finalmente, esbozar algunas observaciones acerca de los Problemas de la Sociedad Civil planteados por Hegel y la naturaleza de su solución.

I Dilthey señala que aunque la Enciclopedia de las ciencias Filosóficas no fue publicada sino hasta 1817, el Sistema hegeliano se hallaba ya completo una década antes. Por ese entonces Hegel ya había concluido dos obras capitales: la Fenomenología del espíritu, publicada en 1807 a partir de los trabajos realizados en Jena, donde se encontraba ejerciendo la docencia desde 1801, y la Lógica, publicada en Nuremberg entre 1812 y 1816.

En el otoño europeo de 1818, Hegel es nombrado profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín. Los Fundamentos de la filosofía del Derecho, obra que aquí nos ocupa, es de este período y cumple un papel específico dentro del sistema: la exposición sistemática del entramado de deberes, normas, costumbres y estructuras políticas y económicas que vinculan a los hombres como miembros de una comunidad y sujetos morales.
.."

Y concluía así:

" Ahora bien ¿qué es lo que puede desprenderse de lo dicho? Algunas observaciones. La sociedad civil, por medio del desenvolvimiento del sistema de las necesidades, logra una emancipación de la limitación natural (externa) de las necesidades humanas. Una consecuencia adversa de este desenvolvimiento es lo que, en nuestros términos, puede denominarse marginalidad (la existencia de un conjunto de individuos que no tiene lugar en la sociedad).

Puede que la administración de justicia y el poder de policía basten para impedir las aberraciones de la pobreza. Creo que el punto no es que la sociedad civil no pueda regularse, sino que el tipo de regulación que exige es una mera reacción a la desestabilización hacia la que por sí misma tiende. Es decir, consiste en una regulación momentánea, externa y contingente. Por otra parte, aun concediendo que la solución a los problemas de la sociedad civil implique necesariamente la consideración del plano ético político estatal, no parece que la pobreza y la miseria puedan superarse si no es por el intermedio de la actividad económica. Esta cuestión no es menor, intento decir que pareciera ser que ante el problema de la pobreza hay dos alternativas: o bien tiene solución dentro de la sociedad civil o bien no la tendría en el Estado.

La observación que quisiera hacer respecto de esto último es doble. Por un lado, en el planteo hegeliano, la clave fenoménica que indica la insuficiencia de un momento es la contingencia de su estabilidad interna, su Inestabilidad intrínseca. Tal inestabilidad es el correlato necesario de su deficiencia ontológica y, en este sentido, lo dicho acerca de los problemas de la sociedad civil evidencia que esta necesita de una instancia superadora. Por otro lado, que el problema de la marginalidad no es económico, más bien, el problema económico de la pobreza es sólo un aspecto del problema general de la miseria.

La causa de este último es el deseo desenfrenado y sin guía. La eliminación de esta causa estaría en manos de las corporaciones y el Estado. El estado hegeliano da totalidad a las posibles elecciones de planes de vida y ofrece estándares eliminando la exterioridad de las opciones acerca de las cuales el arbitrio opta. Hace que todo lo que el individuo pueda hacer objeto de su voluntad particular sea algo puesto, no exterior.

La consecuencia de la actividad de las corporaciones es que el control de las pretensiones de enriquecimiento excesivo constituye un contrapeso interno para las motivaciones que llevan al exceso de producción que provoca las crisis económicas que tienen como consecuencia eventual a la miseria (pobreza y marginalidad).

Ante el problema de la miseria, que en el sentido que he dado a esta palabra abarca tanto a la pobreza material como a la marginalidad, no suelen plantearse más que dos opciones: la indiferencia total del laissez Faire y la coerción estatal sobre la caridad. Guardo la esperanza de que haya otras alternativas. Hegel colabora con mi fe."

Hoy, lo que más me trae de Hegel es una inexplicable cercanía con Aristóteles y una cierta idea oscura sobre la decadencia de la cosas, el hecho de que no se puede volver (por motivos ontológicos) ya sean heraclíteos o Hegelianos y , con ello, la memoria de Ulises y todos los heroes que cargaron su remo al hombro y caminaron hasta encontrar un lugar en el que nadie supiera qué era un bote...

lunes, 10 de mayo de 2010

Síntesis



Tapas de la revista Barcelona en sus ediciones 185 y 186 de abril y mayo de 2010 respectivamente.

martes, 4 de mayo de 2010

No los quiero

Anoche antes de ir a dormir, anticipando ya la mañana gris de otoño, el café con leche a las ocho y pensando cómo podría pasar en limpio y fundir los dos borradores de "Atilio, el hegeliano" en no más de dos páginas, me encontré con un párrafo y cambié de planes. Tanto así, que me desperté sin sueño a las 7:20, diez minutos antes de que sonara el despertador y sin sueño. Esto pasa rara vez y, cuando pasa (lo que no ocurre siempre insisto) uno sabe que tiene algo que decir (o al menos cuando a mi me pasa, creo que tengo "algo")
No sé exactamente qué voy a decir, no sé cómo resultará. Trato de no intelectualizar demasiado la redacción, por lo menos en un primer borrador. El párrafo en cuestión está al comienzo de "Los orígenes del totalitarismo", de Hannah Arendt, de quien sólo había leído "Eichman en Jerusalem" que me pareció un ensayo excelente (dos veces).
"Ya no podemos permitirnos recoger del pasado lo que era bueno y denominarlo sencillamente nuestra herencia, despreciar lo malo y considerarlo simplemente como un peso muerto que el tiempo por sí mismo enterrará en el olvido. La corriente subterránea de la Historia occidental ha llegado finalmente la superficie y ha usurpado la dignidad de nuestra tradición. Esta es la realidad en la que vivimos. Y por ello son vanos todos los esfuerzos por escapar al horror del presente penetrando en la nostalgia de un pasado todavía intacto o en el olvido de un futuro mejor."
No sólo se trata de un párrafo de una fuerza increíble y de una densidad argumental atroz, es de una maestría y eficacia enormes "... escapar al horror del presente penetrando en la nostalgia de un pasado todavía intacto o en el olvido de un futuro mejor". No creo que se pudiera decir mejor. Ojalá yo pudiera escribir así.

Hace algún tiempo, aquí mismo, enumeré una serie de muertes horripilantes con el título de "Muertes prescindibles" (algún día tendré nietos y podré encargarles que pongan esos links con azul que he visto por ahí y que lo llevan a uno a la entrada en cuestión con un "click"). Lo cierto es que se trataba de una serie de muertes más o menos accidentadas y más o menos accidentales. Hay toda un industria de la muerte. Y este es un lugar común y por todos conocido. Hay métodos masivos y otros más personales. Métodos que caen en el terreno de lo artesanal y otros industriales (como para la fabricación de pastas). Algunos que tienen fines "humanitarios", como el invento célebre del Dr. Guillotín, otros no. Algunos están mejor organizados, como los festejos del centenario, o no tanto, como los del segundo centenario. Etcetera, etcetera, etc.
Pero lo que es más importante, o por lo menos lo que quisiera destacar, es que algunos son mucho más cómodos que otros. El pasado 24 de Abril, se conmemoró por primera vez en Turquía el llamado "genocidio armenio", un millón y medio personas, con nombres propios, con caras, con preferencias sobre el color de los zapatos, de cómo tomar la leche y preparar el café, con proyectos y problemas, en fin, gente como nosotros. Y, al igual que nosotros, con algunos rasgos comunes. Sabemos también que el gobierno turco nunca ha reconocido ese millón y medio de asesinatos. Decir "no ocurrió" es una forma indirecta, un avance en el confort, de decir "yo no fui el que hizo eso". Más lo es ni siquiera decirlo.
Y hay muchas cosas que no se dicen, muchas de ellas no tan grandilocuentes (numericamente hablando); aunque me niego a pensar que es hay una gran diferencia entre un millon y cinco muertes, no porque sea menos grave la cosa cuando entran los grandes números, sino porque es mucho más abstracta. Una de ellas (de las cosas acerca de las cuales no se habla) es de la situación de los presos, procesados o condenados (mostrarlos como animales de feria en tv no es hablar de ellos). Nadie puede creer que las cárceles cumplan un fin de rehabilitación tal y como están dadas las cosas. Funcionan como campos de concentración, mucho más leves que las fábricas de la muerte, naturalmente.
Seamos sinceros, ni usted ni yo queremos a asesinos, violadores, asaltantes y otros criminales andando por las calles. Y eso muy razonable. Más aun, tampoco queremos marginales y violentos, pero a menos que cometan actos criminales, o que podamos presumir razonablemente que los han cometido debemos tolerarlos. Especialmente, porque la marginalidad en la que viven no es una cuestión de elección personal, sino más bien un crimen del que son víctimas. Y esta es una diferencia fundamental. Los actos cometidos por los criminales, atenuados o no por su situación, sí son electivos y por ellos son responsables.
Pero la cuestión es qué hacer con los criminales. Y es un verdadero problema. Al decidir violar la ley se han puesto inequívocamente en una situación en la cual parece necesaria una intervención. Pero esto no supone, o no debería suponer, dar carta blanca a las autoridades para someterlos a cualquier tipo de atrocidad (en caso de que se los atrape, lo que no siempre pasa). Limitarlos más allá de lo que impone la ley a los ciudadanos en general parece justificado. Parece justificado limitar su libertad de acción sobre todo. Pero hasta qué punto esta limitación está justificada. Yo quisiera creer que en la cuota mínima que les impidiera cometer más crímenes. Es evidente que de hecho las limitaciones (cuando son efectivas, si es que lo son) exceden con mucho esta cuota. Para la mayor parte de la gente, sospecho, la idea es encerrarlos en un cuarto bajo llave y, de ser posible perder la llave. Tirarlos en un pozo del que no puedan salir y que se arreglen adentro. Veinticinco años, apenas casi lo que llevo vivido, encterrados sufriendo todo tipo de abusos, tratados tan inhumanamente que no me cuesta pensar que los animales domésticos reciben mejor trato. Llegado este punto, digo, no veo tanta diferencia entre esa tortura y su ejecución. Y no porque esté a favor de ninguna de ellas.
Es que es mucho más cómodo y menos controversial encerrarlos, asilarlos y dejarlos olvidados (mientras no molesten) que matarlos de manera sincera. Es mucho más confortable que decir que no hay lugar para ellos, que decidimos sacrificarlos; que dios , la humanidad y la historia nos juzguen. Y es también mucho más sucio. Porque eso no sería, claro, menos criminal, pero sería más honrado. Aunque tampoco sé si la honradez hace demasiada diferencia cuando uno ejerce el mal. Y parte de lo terrible de la situación es que si las cárceles estuvieran, no bien, sino un poco mejor, ello probablemente haría que buena parte de los marginales quisiera estar en ellas (incluso a costa de tener que cometer un delito o recortar sus libertades). Así están de mal las cosas.
Y esto es general, es más cómodo dejar morir de hambre y sufrimiento a un montón de chicos en el chaco que dormirlos para que no despierten. Claro que la tortura por inacción suena mejor que ensuciarse las manos. ¿Pero nos hace menos asesinos tener las manos limpias? ¿Seremos perdonados por eso si hay alguna justicia? No lo creo. Y yo tampoco soy inocente en esto.
Pero con la culpa, como con tantas cosas, hay grados. Y hace no demasiado, me encontré en la La Nación, con una columna presuntamente informativa pero que era de opinión. Trataba presuntamente sobre un error de planificación, pero era en realidad sobre la marginalidad y qué se puede y debe hacer con ella. El título, muy ilustrativo era: "No hay lugar para 580.000 chicos en las escuelas públicas", escrito por Laura Casanovas. Debido a la asignación universal, además de aumentar enormemente el control sanitario en menores, más de medio millon de niños y adolescentes se han reincorporado al sistema educativo (condiciones para cobrar la módica suma conferida por la ley en cuestión a las familias con menores en edad escolar y situación precaria: pobres). La nota no era "Más de medio millon de jóvenes se reincorporan al sistema educativo; surgen problemas edilicios". El mensaje era claro: no hay lugar para ellos, mejor olvidarlos, ("Los olvidados" era la película de Buñuel?) mejor ignorarlos hasta que cometan un desliz y podamos con toda justificación (no con justicia, se entiende) encerrarlos de a cinco en un cuarto de dos por dos con una letrina y tirar la llave.
Una de las sorpresas más interesantes sobre la moralidad es que la cuestión no es tan compleja. Russell lo expresó en una entrevista con una simplicidad magistral (que evocaba en gran parte a Budha y a lo mejor del cristianismo): la violencia y el odio son estúpidos, el amor es la inteligencia. Yo, que no soy tan magistral y que dudo un poco más que Russell y Swedenborg sobre la primacía del intelecto en cuestiones morales lo digo de otra manera: hay gente mala. Y no los quiero.