domingo, 27 de mayo de 2012

Laura B (borrador III)

Oscuridad, apariencia de luces y después nada. Ese hubiera sido un buen resumen de su vida. La espera de algo y casi todas las cosas. Así las horas, así los días postergados, las esperanzas envejecidas, los milagros que no pasan y la cierta rutina del municipio bonaerense de González Chaves.  
Entre su asignación como administradora ejecutiva de bienes categoría D  hasta su actual categoría  B había pasado casi veinte años. En ese tiempo, trece interventores habían concluido su carrera y reducido el patrimonio municipal a dos terrenos. El primero, conteniendo el edificio de la administración pública; el segundo, el cementerio y el zoológico municipales, separados por un alambrado a lo largo de su común frontera. Todas las edificaciones habían sido diseñadas por Francisco Salamone en plena década infame y, embrutecidas por el abandono, eran seguramente más impresionantes que el día de su inauguración. 
Con el presupuesto reducido al mínimo, la nómina de empleados públicos contenía cinco nombres. El más importante era el de Laura Broch, la empleada de mayor jerarquía, especialmente ahora que la administración de asuntos generales había pasado a Coronel Pringles después de la larga negociación con Tandil y Necochea. 
El edificio municipal, que funcionaba como depósito, no tenía gastos de mantenimiento, ni mantenimiento alguno. Abría una vez por semana sus puertas para sacar los arcos de fútbol y guardarlos luego. El cementerio, a cargo del decrépito Herminio, se manejaba solo, quizás porque Herminio mismo  vivía allí. Muchos decían que ejercía prácticas amatorias o umbandas con los muertos, algunos que él mismo estaba muerto. Como fuera, hacía tiempo que sólo salía del cementerio para cobrar su cheque, pasar por el almacén de ramos generales y comprar las latas de conserva que lo alimentaban y mantenían vivo hasta el mes siguiente. Hacía ya tiempo que nadie moría o se hacía enterrar allí y los únicos visitantes posibles habían abandonado ya el pueblo. El zoológico, otrora orgullo de los chavenses, había requerido acciones más ingeniosas. Cada animal que moría era reemplazado por una cabra. Puma cabra, tigre cabra, cebra cabra (ambos con idénticas rayas pintadas por Laura), mono cabra (con una cola larga cosida al lomo), pez cabra (este intento con resultado adverso), etc. La taxonomía infantil de González Chaves  era un humilde caos fenoménico. Tan uniforme que dejaba al lenguaje articulado muy lejos de toda pretensión de correspondencia con la realidad. La educación primaria en González Chavez se había hecho iconoclasta por complicidad. Cuando el último animal murió y se lo hubo pasado nocturnamente al cementerio por el fondo común a ambos predios - para placer de Herminio, el taxidermista zoofilo - había sesenta y ocho cabras-animales en el zoológico. Por ese entonces, las cabras, sueltas en su mayor parte, se encargaban de cortar el cesped y el zoológico  se autogestionaba. 
El 8 de abril de 1984, Laura Broch se ahorcó en la oficina de la administración del zoológico. Una cabra y Herminio se disputaron su lugar en la jerarquía municipal.  Hoy, bajo la administración kirchnerista, la industria caprina y el turismo arquitectónico bonaerense son las principales fuentes de ingreso del pueblo.

lunes, 21 de mayo de 2012

Estrella


Estrella se enamoró una vez en su vida y ese amor fue su vida. Quizás por la fuerza de ese amor, quizás para evitarse el molesto e innecesario consumismo erótico o sólo para contradecir el dicho popular de que todo lo que es es bueno, que si algo ocurre es por un motivo y para mejor. Habiéndola conocido, apostaría a que al principio fue por la tentación del silencio, la soledad, por romanticismo, y después por la fuerza del hábito. Como sea, de uno u otro modo y de todas formas, ese marinero que fue su vida, fue su amor y no volvió al barrio del Abasto. 
Estrella era una de esas tías que siempre fueron grandes, una mujer vieja ya a los cincuenta, experimentada como una viuda sin los engaños iniciales del matrimonio, un ser humano más allá de las humanas necesidades y, en consecuencia, una presencia profundamente sabia e indiferente. Sabía tomar grappa en una copa de licor, cruzada de piernas y con una paciencia de inmortal para no apurar la bebida. No tenía ya nada que esperar del tiempo ni, mucho menos, de los demás. Nunca supe su nombre real, si es que tenía otro, ni cuál era su parentesco con nosotros. Era un personaje siempre al borde de la ausencia, una especie de florero vivo, un ser decorativo en las reuniones familiares, vagamente consciente de su papel. Una de esas figuras que con la de mis abuelos fue desapareciendo de la familia y sus encuentros, simultáneamente a los encuentros y llevándose consigo a la familia.
Como nos ocurre a todos, al menos a los que vivimos lo suficiente, los lazos familiares duran lo que la infancia y se va con ellas nuestra capacidad de confiar en un orden fijo e inalterable, en que algo hay seguro. Y aunque fuera distinto para mi de lo que es para los otros (incluso mis otros más cercanos, primos, hermanos, tíos) es algo que se da por perdido irreversiblemente. Y con mi graduación mis compañeros.
Adulto solo como Estrella, como todos los de mi estrellada generación, que somos tantos y tan idénticos, tan carentes y tan anhelantes, tan impotentes de tanta posibilidad. A fin de cuentas ella fue una adelantada y como todo visionario supo ir más allá de su propio futuro no todavía visto, supo conocer un amor verdadero, un marinero cuyo nombre no le oí nunca y cuya imagen morirá con ella, si es que todavía no han muerto ya. Con tantas cosas que se pierden... 
Nosotros, mientras tanto, ya no sabemos ni llorar, ni querer, ni el porqué de nada.

jueves, 17 de mayo de 2012

Las Horas

Tiempo, tiempo, tiempo, tiempo,
TiempO, tIempo, tiEmpo,
Tiempo, tieMpo, tiemPo
Tiempo tiempotiempo
Tiempotiempotiempo
Tiempo, tiempo tiempo, tiempo
Tiempo, Tiempo, Tiempo, Tiempo
Tiempo perdido
en la vana redundancia
de las palabras.

lunes, 30 de abril de 2012

Betiana

Pablo abraza una pasión inútil: huele sistemáticamente el cuarto en el que Betiana es todavía una presencia material más que un recuerdo. No se permite aceptar, la idea le parece intolerable, que con cada inhalación algunas partículas de Betiana se hacen imperceptibles y dejan de existir. Progresivamente, con el paso del tiempo, se irán disipando con ella, lo quiera o no. 
Finalmente encuentra solución a su angustia, la única que de su voluntad depende y de su escasa inventiva puede desprenderse. Un reemplazo. Una compensación. Una esencia que se intensifique día a día, que devuelva el equilibrio a los espacios cada día más inodoros e irreales. Luego de cerrar definitivamente el departamento de la calle Arenales, que sus padres le habían regalado como regalo de casamiento (ese día le parecía tan lejano como las fotos  polaroid), anunció que se tomaba vacaciones. Una licencia en el trabajo, un par de llamados completaron los preámbulos  de su viaje a la Isla Crozet. Cambiar de aire.
Llevado el perro a casa de su hermano, que los había presentado a fines de los noventa  (ella usaba el pelo corto entonces y parecía casi un muchacho), Pablo se murió de tristeza, asistido por unos cortes oportunos y llevándose consigo todos los simulacros de Betiana que flotaban en el aire dormido. Su cuerpo se descompuso partícula por partícula, aceleradamente, combinándose y fundiéndose con las que quedaban de la presencia ya casi imperceptible de ella.
Siete meses más tarde, el agente inmobiliario encargado de las guardias del departamento no puede dejar de oler el aroma dulce que para él no significa nada. El agua lavandina, el perfume ambiental y las ventanas abiertas (que vuelven los ambientes fríos más que ventilados) son apenas eficientes, pero implacables. Nada, por otra parte, que una reducción en el precio pedido por el departamento, la inflación y la escasez de oferta inmobiliaria en barrio norte no pueda solucionar. Eso por lo menos, es lo que insistentemente le dicen a Betiana los dueños de la inmobiliaria, ávidos siempre de una comisión.  A ella le importa poco, como tantas otras cosas en las que prefiere no pensar.

martes, 13 de marzo de 2012

Próximamente...

jueves, 19 de enero de 2012

EL RUIDO IV (Haz lo que yo digo)

Digamos que sí, que tiene razón, que es mejor, mucho mejor. Quiero hacerle caso y, aunque lo intento, no puedo, porque hay algo que me lo impide. ¿Para qué vamos a discutir si estamos de acuerdo? Bueno, discutir es una forma de decir, porque si bien la voz proviene de una pantalla como las que imaginó Orwell, en este caso el que habla no puede verme ni oírme, mientras que yo estoy obligado a hacerlo. A oírlo, ya que fácilmente puedo evitar verlo dándole la espalda, como lo estoy haciendo ahora. ¿Qué más querría yo que hacerle caso? Pero no, no hay manera; y eso que tengo tiempo, porque la frecuencia de la línea H es muy baja y, como recién se me fue uno, va a pasar un buen rato hasta que venga el próximo. Además, a esta hora no viaja mucha gente, así que en el andén hay un par de asientos libres en los que me puedo acomodar, como supongo que también podré hacerlo en el vagón. Entonces me siento, tomo el libro, examino el índice, elijo un cuento lo suficientemente breve como para poder terminarlo sumando el tiempo de la espera y el viaje y, en el momento exacto en que poso mi vista sobre la primera línea, irrumpe, estrepitosa, la voz de un ex relator de fútbol y actual conductor de tele-basura que me invita a leer, que me dice que leer está bueno y que leyendo un libro se aprende más que viendo sesenta, seiscientas o seis mil horas de televisión, aunque tal vez él nunca haya visto un libro de cerca. Sí, Fantino - le espeto absurdamente a la pantalla - eso es precisamente lo que estaría haciendo ahora si no me estuvieras interrumpiendo desde uno de esos televisores que algún hijo de puta decidió poner en todas las estaciones de subte de Buenos Aires.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Irrésistible destruktion. Apuntes para una vida de Jón Stefánsson (Parte I)

Hace un tiempo habíamos compartido con nuestros lectores algunos de los refinados análisis que el crítico Pierre Duchant había volcado en su obra de reciente y póstuma edición La construcción virtual del imaginario social: prolegómenos a una crítica de la ficción popular en la era multimedial. Habíamos mencionado allí Otros libros, del mismo autor, que ilustra una etapa menos madura aunque tal vez más variada e intensa de su producción. Tal libro es prácticamente inhallable. Los ejemplares de la exigua edición financiada por el propio Duchant con el auxilio pecuniario de algunos de sus compañeros de esos días han sufrido los más diversos contratiempos, resultando, usualmente, en la desaparición o destrucción de muchos de ellos (que es decir, de casi todos).

Hace pocos días me detuve unos segundos a intentar encontrar una regla que explicara la variedad de artículos dispuestos sobre una tela algo sucia y gastada que hacía las veces de puesto comercial en la feria del Parque de los Patricios. Allí convivían un zapato que debe haber sido usado largamente por una mujer, probablemente de avanzada edad (tanto ésta como aquél), lo que parecía la rejilla del frente de un ventilador a la que le faltaba una de las trabas para montarlo en el resto del dispositivo apropiado, dos casetes del grupo Pandora y uno de Juan Ramón, un candelabro plateado algo ennegrecido y algunos pocos artículos más de la misma especie. Mirando a mi alrededor los restantes puestos, noté que uno de ellos exhibía, como ya habrá imaginado el lector, algunos libros. Creo recordar un ejemplar de algún volumen de la colección Jazmín, algo acerca de la verdad sobre el fenómeno ovni y Otros libros. Mi estupidez instintiva llevó a que me preguntase inmediatamente cómo un libro así había ido a parar a un lugar como ese, pero por la enumeración anterior ya se habrá notado que cualquier respuesta sería una yuxtaposición trivial de azares. Lo importante, evidentemente, es que me hice con el libro a un precio absurdamente barato.

Reproduzco a continuación la primera parte de Irrésistible destruktion. Apuntes para una vida de Jón Stefánsson, extraído del mencionado libro.

La vertiginosa operación de trazar el mapa de las volátiles fronteras de la literatura actual conlleva la violencia del compromiso activo del lector-crítico que establece como determinada, tal vez irremediablemente, una topografía que sólo existe en la medida en que es delineada. La posibilidad de que algunos movimientos incipientes encuentren su interlocutor adecuado y puedan desarrollarse, sólo ocurre durante un breve instante. El lector atento a la necesidad de nuevas formas de apropiarse del mundo mediante el lenguaje debe estar disponible para escuchar los ecos remotos de autenticidad en manifestaciones que pueden aún no haber alcanzado su forma plena. La rapidez con que viaja la información en la actualidad, dada la velocidad de los medios de comunicación y transporte, arroja frente a nuestros ojos un continuo de nuevos candidatos a expandir los límites de lo literario. Esta compleja situación es la que puso a quien esto escribe frente a quien sería uno de los más grandes integrantes de la novísima generación de transformadores del arte de la palabra. Me refiero, claro está, al herético Jón Stefánsson.

Su breve y poco ortodoxa trayectoria, su nula disposición a tratar con los círculos canónicos de la literatura y su fascinación por las personas que encarnan aquello que la civilización quiere expulsar y se niega a ser expulsado, hicieron que su poesía no fuera leída y comprendida en toda su dimensión y complejidad. Desandar esta complejidad requiere comprender la múltiple y sinuosa gestación de su peculiar forma de expresión.

Los días de su primera juventud no fueron sino una vertiginosa sucesión de movimientos que, para quienes lo conocimos, daba la impresión de un escape hacia el caos pero que, y esto sólo lo fuimos comprendiendo con el tiempo y la reconstrucción póstuma, estaba determinada por lo que él llamaba su “figura en el tapiz”.

Esa misma forma de vida, la de sumergirse en el caos (o, en palabras de Friederich Grüneberg, de “emerger de la trama de sentido”) es ahora vista, a partir de los agudos trabajos de Harold Pointer, como el paralelo exacto de su proceso literario y ha permitido, extrapolando procesos, situaciones y estructuras de uno de esos planos hacia el otro, reunir y otorgar significado tanto a los dispersos fragmentos de su obra como a los de su vida.1

Cierto es que todas estas múltiples capas unificadoras fueron enfáticamente impugnadas por algunos de los compañeros de sus últimos días, que veían en estos ejercicios una falta de comprensión de la dinámica interna de su producción, cuando no una malintencionada tergiversación de su propia esencia. Olvidan estos pretendidos albaceas, en su afán de cercar los despojos de Stefánsson, que su puntillosa coherencia ética de escribiente lo empujaba a desbaratar todo aquello que pudiera ser considerado como esencia en su literatura, así lo entendió Pointer, y a favorecer las más diversas apropiaciones de su poesía. No es necesario, por tanto, impugnar nosotros la lectura que de estos textos hacen sus autoproclamados herederos, toda vez que pueden arrojar luz sobre alguno de sus múltiples aspectos, pero sí mantener abiertas las innumerables vías de acceso que el poeta supo trazar.

Es en esa misma multiplicidad semántica donde el sociólogo Horacio Gonçalves ve las razones de la extendida influencia que Stefánsson ha ejercido sobre la más reciente generación de literatos de todo el orbe. Estamos de acuerdo con Gonçalves, siempre y cuando no se pierda de vista que la riqueza de los textos depende también de la peculiar interrelación entre los rincones del mundo contemporáneo desde donde nuestro autor leía a la tradición, la visión que sobre aquéllos le proporcionaba su experiencia de lector y la mencionada ética que ordenaba cada una de sus decisiones. Haciendo hincapié de manera diferenciada en cada uno de estos aspectos fueron creciendo desde los aún cercanos días de su muerte una plétora de movimientos culturales y literarios que continúan la fértil tradición inaugurada por Stefánsson.

Para comprender la vasta riqueza de su mundo intelectual en toda su dimensión, es necesario que nos adentremos en la génesis de tan singular producción, que no es sino adentrarse, como hemos dicho, en las múltiples facetas de su biografía.



1 Pointer acompaña su articulado análisis con una completa y exquisita selección de fragmentos anotados por Stefánsson en diversos lugares y circunstancias. Lo extenso y pormenorizado de esta reconstrucción proporciona a Pointer la incontestable evidencia en favor de sus originales puntos de vista. El fragmento más elocuente que el erudito esgrime (extraído del ahora denominado Manuscrito de Soldati) proclama: “Para mí, la literatura y la vida son como las dos caras de la misma moneda” (Ms. Sold. p.14 in fine)