lunes, 20 de mayo de 2013

CONTINÚA EL CICLO DE CHARLAS SOBRE ARTES VISUALES

CHARLA CON DANIEL CALLORI

JUEVES 30 DE MAYO, 19 HS.

ENTRADA GRATIS


ESMERALDA 759


sábado, 11 de mayo de 2013

Por qué llorar ante un Pollock

Publicado en revista CRAC #8





 Solos, como pequeños vagabundos, llenos de una fe furiosa y ciega, se lanzaron hacia la tierra prometida y fueron aniquilados. 
Marcel Schwob, La cruzada de los niños. 


En 1965 el filósofo Carl Gustav Hempel, que por ese entonces se hacía llamar Charlie, publicaba Philsophy of Natural Science (Filosofía de la ciencia natural). En su segundo capítulo, trata el caso de las investigaciones de Ignaz Semmelweis sobre los orígenes de la fatal fiebre puerperal que producía una enorme tasa de mortalidad en niños recién nacidos y en sus madres. Llevada a cabo en el Hospital general de Viena entre los años 1844 y 1848, la investigación, ejemplar desde el punto de vista del análisis empírico de hipótesis, mostraba que la causa de dicha enfermedad era la falta de higiene en el instrumental utilizado por los médicos y enfermeras del hospital tanto para atender los partos como para las autopsias de la morgue. La solución, simple y eficaz, consistía en la limpieza de instrumental y manos. Allí concluye el relato de Charlie, reproducido en numerosos textos de divulgación de filosofía de la ciencia. Lo que no se menciona, la cuota de sombra puesta sobre la historia, es que las conclusiones de Semmelweis fueron ignoradas en los demás hospitales del imperio Austro-húngaro y que la comunidad científica se negó rotundamente a aceptar los resultados de la ejemplar investigación, que sólo serían rescatados décadas más tarde, en los escritos de Pasteur. 

Los años 1844 a 1848, fueron cruciales en la evolución del imperio de la casa Habsburgo, llevando a la dimisión de Fernando I y la asunción del joven emperador Francisco José, que se mantendría a la cabeza de la monarquía dual hasta su final debacle a poco de iniciada la primera guerra mundial. Semmelweis había nacido en Buda, la parte alta de la actual Budapest, y era húngaro. El naciente nacionalismo alemán no podía aceptar una eminencia magiar en la medicina vienesa luego de 1848. El desprecio y la marginación a la que condenaron a Semmelweis lo condujeron a una depresión grave y a su internación en un asilo mental en Viena, donde, tras una golpiza en represalia a su intento de fuga, falleció en 1865, ante la indiferencia de la sociedad austríaca. Un año más tarde, en Moscú, nacía Vassily Kandinsky. 

En 1905, los artístas Bleyl, Heckel, Kirchner y Schmidt-Rottluff hacían público el manifiesto de Die Brucke en Dresde. Su objetivo principal era la renovación de los medios de expresión artística burgueses heredados del siglo XIX. Ese mismo año, el joven Albert Einstein publicaba sus tres célebres artículos que pondrían de cabeza la física de su tiempo, uno de los cuales establecía los principios de la teoría de la relatividad especial, otro los de la dualidad onda-partícula en mecánica cuántica. Al igual que los artistas de Die Brucke, que habían optado por un modo de vida al margen de los estándares de la sociedad burguesa de Bismark, Einstein escribía desde la periferia de un sistema académico y educativo prusiano que lo había excluido. Der Blaue Reiter, el otro grupo expresionista, fue fundado en Munich por Kandinsky, Marc y Macke, entre otros. La tercer ciudad crucial en los orígenes del movimiento es Viena, hogar del dodecafónico Arnold Schönberg, miembro del grupo de Kandinsky, y de Ludwig Wittgenstein, quien renunciaría a la fortuna familiar, su padre era uno de los principales magnates del acero del imperio Austro-húngaro, para dedicarse al estudio y la práctica de la filosofía. 

La generación de jóvenes mencionada más arriba sería dos veces masacrada durante los siguientes cuarenta años. El 13 de febrero de 1945, el bombardeo sobre la ciudad de Dresde con sus 4000 toneladas de explosivos, la aniquilación de su población y centro históricos, carentes de valor militar estratégico, no hicieron más recalcar algo que era evidente desde hacía tiempo: el puente hacia el futuro que había proyectado la generación de 1900 había quedado demasiado lejos. El mundo que habían conocido y el que se habían atrevido a imaginar ya no eran, no serían y, fatalmente, no habían podido ser. Hay un movimiento, una transfiguración de las ideas que encarnaron estos jóvenes, movimiento en muchos casos acompañado del traslado físico de sus protagonistas, movimiento que surge de esa Europa de 1900 y desemboca en los Estados Unidos de 1940. Esto intentaré argumentar, concentrándome en la figura de Kandinsky con el apoyo de las obras de otras dos figuras Ludwig Wittgenstein y Jackson Pollock. 

Kandinsky publica Über das Geistige in der Kunst (Sobre lo espiritual en el arte), en Munich en 1911, reúne allí un conjunto de pensamientos e ideas sobre el arte, su teoría, significado y futuro. Uno de los puntos cruciales de la obra, especialmente considerando el rumbo que por ese entonces tomaba su propia producción artística, es la crítica a la figuración. Los contenidos fundamentales allí son dos: por un lado la misión del artista, de acceder a los valores universales y centrales de lo humano apelando a lo que Kandinsky denomina concepción "mística"; por otro, el lenguaje de los colores. La combinación de ambos motivos es la clave más natural para la interpretación de su obra contemporánea. Sin embargo, lo que resulta esencial es la tensión entre el lenguaje de los colores como nuevo medio de codificación, lo cual significaría un cambio de lenguaje pero no en los fundamentos de la comunicación, y el intento de una comunicación directa más allá de los códigos de todo lenguaje. Tensión que se encuentra también en las composiciones de Schönberg, colega de Kandinsky en la ensayística, la música y el arte. Tensión que se resume en la cuestión de los límites del lenguaje y su capacidad expresiva, tema central de la primera obra de Wittgenstein, el Tractatus Logico-Philosophicus. 

Escrito en las trincheras, literalmente, entre 1915 y 1918, el Tractatus, fue publicado en 1922 no sin un complejo derrotero del que serían partícipes Karl Kraus y Adolf Loos. La naturaleza aforística y oscura del libro lo ha hecho objeto de numerosas interpretaciones y utilizaciones diversas. El sentido central de la obra puede no obstante resumirse brevemente en palabras de su autor "Todo lo que siquiera se deja decir, se deja decir con claridad; y acerca de aquello de lo cual no se puede hablar, debe callarse". El año en que Wittgenstein comenzaba la redacción de su libro, dentro de las fronteras del otro gran imperio de Europa central, el imperio Otomano, tenía lugar el genocidio armenio. Por ese entonces, la palabra genocidio no existía. Su concepto mismo era inconcebible. Pero "Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra en lo místico" (Tractatus 6.522). 

La transfiguración de estos puntos de vista (el de Wittgenstein y el de Kandinsky) comenzaría en los años posteriores a la revolución de 1917 y al armisticio de 1918. Por ese entonces, Kandinsky se trasladaría a Rusia para trabajar en la reforma cultural y educacional del nuevo sistema de gobierno, regresando posteriormente a Alemania para trabajar como docente e integrante de la escuela Bauhaus, en tanto que Wittgenstein se dedicaría a la labor docente en Austria integrándose luego a la vida académica en Cambridge. Durante esos años, el lenguaje de los colores, así como otros medios comunicativos del expresionismo serían adaptados a los fines propagandísticos relativamente concretos de los nuevos partidos políticos de masas. Fue ese el camino de Weimar desde el Nosferatu de Murnau (1922) a El triunfo de la voluntad de Riefensthal (1934) con Metrópolis de Fritz Lang (1927) como punto medio; elementos de la representación de clases, su disolución o conciliación y de la transformación de lo monstruoso en lo heroico. Ilustrado de otro modo, algo retorcido quizás, sería fácil pensar que el diseño del estandarte nazi se basó en la teoría de Kandinsky (es innegable que aquella ofrece una buena interpretación de su significado): la esvástica negra en el centro (con una alusión iconográfica al mito del origen de la cultura con los arios del Indo) rodeada de un círculo blanco sobre un fondo rojo, la muerte rodeada de generación permanente en el centro de un movimiento de gran fuerza material. En una interpretación más pragmática, Kandinsky pudo ser reciclado como teórico de la decoración de interiores; finalmente, así serían adoptadas algunas de sus ideas en el contexto de la Bauhaus. 

Observan Allan Janik y Stephen Toulmin en La Viena de Wittgenstein que luego de su traslado a Inglaterra, el filósofo austríaco sería caracterizado como un permanente excéntrico, un individuo extraño, con curiosas inquietudes no obstante su asombroso talento para la lógica. Su tractatus sería analizado como obra fundacional del empirismo lógico (los filosofos positivistas del círculo de Viena lo habían declarado como texto de culto). Todas las menciones a la ética y al carácter central de lo místico, a lo fundamental de los parágrafos finales del Tractatus serían entonces vistos como parte de la excentricidad. Los autores, no obstante, consideran que esta parte es, justamente, la más importante. Después de todo, un enunciado como "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", no puede significar lo mismo en el contexto británico que en del imperio austrohúngaro en el cual la división social de clase y posibilidades educativas recortaban un mapa con la misma forma que el de las comunidades lingüísticas que lo habitaban (eslovenos, magiares, alemanes, checos, judíos). Detrás (como trasfondo general, pero también al final del libro) de la crítica a las posibilidades del lenguaje figurativo, o como suele llamarse, concepción pictórica del lenguaje, aparecen condensadas y expresadas del modos más intenso las preocupaciones de las generaciones jóvenes de la Europa de habla alemana de principios de siglo, entre las cuales la cuestión de la represión y lo que puede y no ser dicho eran fundamentales. Dicho sea de paso, variaciones sobre este tema son las obras de Sigmund Freud, otro miembro de la paradójica sociedad vienesa que podía ostentar el talento de un Schiele y, simultáneamente, condenarlo a prisión por inmoral. 

Y entonces fue el éxodo. Desde Polonia, Hungría, Austria, Alemania, rumbo al oeste partieron intelectuales y músicos, artistas y cineastas. Y en el nuevo contexto, sus ideas encontraron una segunda naturaleza o, más bien, perdieron la propia. Algunos hicieron grandes carreras, como el doble exiliado Von Neumann (primero de Hungría a Austria, cambiando de nombre, y luego a los Estados Unidos); otros perdieron la cordura (estos fueron muchos); todos acabaron mutilados , envueltos en un no siempre piadoso y a veces cómplice silencio. Ya en la post guerra Einstein debería renunciar a la manifestación de sus ideas políticas para verse reducido a la figura popular de un viejo sabio bonachón que saca la lengua en público. Los miembros del revolucionario Círculo de Viena, padres de la banal filosofía norteamericana de la última mitad del siglo XX, degenerarían en un grupo cerrado sobre los problemas del lenguaje y la lógica. Hempel escribiría sobre Semmelweis, quizás fruto de un inconsciente mandato ético, con el mismo desarraigo que se impusiera a sí mismo. Sin ir tan lejos, Kandinsky moriría en Francia en 1944, un año antes del fin de la guerra y de la publicación del segundo libro de Wittgenstein, Las investigaciones Filosóficas, dedicadas a la materialidad de la práctica comunicativa bajo el concepto de juegos del lenguaje. Y el arte. No. Pero el arte. El arte tomaría un curso distinto con respecto al significado del silencio y la expresión de la nada. En Estados Unidos puede haber muerto la filosofía, pero el expresionismo se encontró a sí mismo. 

En Bluebeard (Barbazul), Kurt Vonnegut, autor también de Matadero cinco y testigo de los bombardeos sobre Dresde de 1945, presenta una interesante lectura del expresionismo abstracto. Si la Viena de 1900 había sido el campo de ensayo para la destrucción de la humanidad, los cuarenta y cinco años posteriores ofrecieron la función completa. Simultáneamente, la sociedad norteamericana misma se vería transformada en una potencia bélica y una nación belicista. El protagonista de la novela, que es una falsa autobiografía, Rabo Karabekian, presenta al expresionismo abstracto como una reacción ante la monstruosidad de toda representación, frente a la posibilidad siempre actualizada en todo lenguaje de convertirse en herramienta de aniquilación y muerte. Después de esa doble cruzada de los niños que fueron las guerras mundiales, después de tanta destrucción, en el momento cúlmine de ella, un arte que era sobre nada, que se disuelve en mera materialidad, que resuelve la tensión de las ideas de Kandisky optando enteramente por lo místico sin lenguaje o código alguno, es en esencia una forma elocuente de mostrar todo sin decir nada. Desde fuera de todo lenguaje, en la concresión misma del color se encuentra la contracara del silencio mutilado de los sobrevivientes. Una respuesta no discursiva a Wittgenstein y a Kandinsky. Quizás eso fuera Rothko, quizás no. Definitivamente eso es lo que muestra la obra de Jackson Pollock.

martes, 9 de abril de 2013

Un año sin Tinelli

Este año  Marcelo Tinelli estará fuera de las pantallas televisivas, al menos como conductor. Definitivamente sería banal calificar a el hecho de desgracia, especialmente después de una semana en la que el agua ahogó las vidas de más de  medio centenar de personas. Pero Tinelli es uno de los últimos conductores televisivos masivos que dice cosas como "si fuera..." en lugar de "si sería..." y pronuncia las eses al final de las palabras. 

De todo lo criticable que hay en su programa, como la  indefendible  parte que juegan las mujeres y las objetables mujeres que las desempeñan con un physique y un âme du rol sospechosos, no es autor. Marce es heredero de la más marginal, para la historiografía solemne y pacata de los Mariano Grondona del mundo hispanoparlante, tradición grecolatina. Lectores memoriosos recordarán que hace algunos años ( http://sindudamente.blogspot.com.ar/2009/05/sobre-la-humanidad-que-existe-y-es.html ) traté de convencer a algunos lectores de que nuestra cultura actual no es tan decadente. Sin ningún éxito. 

Retomemos. Uno se indigna por el humor agresivo de un Yayo, que puede decir cosas como: "Mi corazón por ti, muchacha de tristes ojos, late, late y late. Si me tirás la goma de compro un chocolate" o "Mendoza es su cordillera, la Pampa tiene el ombú, de tu zanja tucumana desea el agua mi ñandú".  Vulgares ejemplos de un humor pueril. Sin embargo, no son muy distintos los fragmentos conservados de los adoradores del culto de Príapo (siglo II ac.). Por ejemplo, el fragmento 10 afirma: "¿De qué te ríes estúpida muchacha? No me hizo Praxíteles, Ni Escopas, ni me pulió la mano de Fidias (célebres escultores griegos), sino que un campesino desbastó un informe leño y me dijo "Sé priapo." Tu, sin embargo ríes ante mi vista. Sin duda te parece salada y tentadora  está columna que se yergue rígida en mis inglés." o sus advertencias a ladrones "Si a robar viniesen una mujer, un hombre y un muchacho, que aquélla presente su concha, aquél  su boca y éste sus nalgas". En el que destacan el uso de "aquélla, éste y áquel" hoy evidentemente censurado por los educadores contemporáneos. 

En cuanto al rol de las mujeres. La historia nos llena de ejemplos del desprecio al que han sido objeto. Montaigne en su ensayo "Tres buenas mujeres" enumera tres ejemplos de la virtud cardinal en la mujer: suicidarse a la muerte del marido con consignas como "Paete non dolet".  Lao Tse, el sabio filósofo chino habló de la complementariedad de la pareja y de la perfección de su unión en estos términos: "En la pareja se constituye por y para el hombre su  mujer  una unión perfecta. Éste aporta el juicio, el intelecto, el orden, las artes, la fortuna y la fuerza del trabajo en tanto aquélla puede barrer los pisos, cocinar y cuidar de los niños."

Siempre ha habido claro mujeres de mala vida que sacan ventaja asumiendo la triste condición que la sociedad les otorga, gatos. Alcifrón glosa en sus cartas de cortesanas una recibida por Critón, aquel discípulo de Sócrates con quien discutieran sobre la virtud. Filúmene le escribía: "Por qué razón te atormentas a ti mismo escribiéndome tanto. Lo que necesito son cincuenta  monedas de oro y nada de cartas. Por tanto, si me amas, dámelas. Si amas mś a tu dinero, no me molestes. Adiós." 

Por supuesto, siempre ha habido viejos desagradables que pretenden por su fama y poder abusar de muchachas jóvenes. Esto nos relata Leontión en una carta a Lamía en referencia al ultra famoso filósofo Epicuro  "Para mi no hay nada más desagradable que un viejo que se las da de joven... Epicuro es así... Y ni que fuera un Adonis- está cerca de los ochenta años- yo podría soportarlo porque está lleno de piojos, achacoso y cubierto siempre de un vestido peludo con mal olor ¿durante cuánto tiempo puede soportarse la cercanía de semejante filósofo, este asediador de cabellos blancos?."

Ignoro cuál habrá sido la razón de imbecilidad y la chabacanería entre los antiguos (quizás no hubiera un motivo particular).  Pero pese a la selección y deliberada reproducción de las "mejores" cosas, se han perdido prácticamente todas las tragedias. De las más de setenta atribuidas a Sóflocles se conservan apenas Edipo rey  y otra media docena (contando la incompleta sátira Los sabuesos). Y pese a toda la destrucción se han conservado fragmentos como éste de Escordosfrantes a Méridas (dos acaudalados ignotos) : ¡Por Heracles, cuánto he tenido que frotar con jabón y sosa de Calastra (una especie de "Camellito o Trenet") para limpiar la mancha de salsa que fue derramada ayer encima de mi..."

La conclusión podría ser aquí una cita de Cambalache de Discepolo. Pero ese no es el punto que me parece fundamental. Lo central es la impresión de que la imbecilidad, lo vulgar y los prejuicios y tonteras de una época, se abren paso hacia el futuro como ruinas difíciles de erradicar. Y en consecuencia, que quizás no debería festejarse la erradicación de cualquier cosa mala por igual. Porque hay grados en lo malo como los hay en lo bueno. Porque nunca estaremos exentos del todo de prejuicios e inteligencias menores. Lamento este año sin Tinelli, porque sospecho que lo que ocupará esas horas contiene prejuicios más prejuiciosos y banalidades más banales. 

Dale que va. He dicho.

viernes, 5 de abril de 2013

CICLO DE CHARLAS SOBRE ARTES VISUALES


CHARLA CON NAHUEL VECINO

VIERNES 19 DE ABRIL, 19 horas.


Esmeralda 759 - CABA





domingo, 31 de marzo de 2013

Nobleza obliga (ex Postal 6: Lustrador)

El parcialmente innoble oficio de los lustradores de zapatos en la India tiene una tradición inmemorial. Por generaciones, ya segmentada de la casta de los parias, pero a la par en pobreza y sacrificio de la de los asesinos marwaries, la casta de los lustradores ha nutrido el cuero de los zapatos y sandalias de locales y extranjeros en su pasaje por el subcontinente. 

Se dice que los grandes maestros del oficio son dueños  de un arte que permite la restitución, a través de polvos y cremas, de cualquier tipo de piel curtida o no. Se dice por ello que guardan el secreto de la eterna juventud. Es indudable, a través del registro de viajeros del siglo XVII que no emplean sobre sí mismos esos pigmentos y cremas y que huelen muy mal. Soy de la idea de que son inmortales, pero no individualmente, sino como colectivo.

En el siglo III antes de Cristo, el único que estuvo a la altura de Diógenes el cínico al dirigirle la palabra a Alejandro Magno  fue un lustrador. En el siglo XIII durante la invasión musulmana, que dejaría como saldo una tradición conservadora y ese gran monumento a la incapacidad de amar que es el Taj Mahal, el sultán Mamluk ordenó a todos los poetas de Rajasthan que se convirtieran al Islam, se dedicaran a  sacar brillo a zapatos o se perdieran en el desierto. Las protestas del gremio de los lustradores de zapatos fueron tan violentas, su inacción tan fatal para los fines del imperio Mughal  (no sólo zapatos restauraban sino también arreos) que Mamluk tuvo que elegir entre suspender su predica evangelizadora o sacrificar su campaña en el este de Bengal. Los lustradores se creían poetas ya sin necesidad del uso de la palabra.

Y yo estaba escribiendo felizmente sobre el talento de los lustradores de zapatos en la India, de cómo lo atrapaban a uno como arenas movedizas, o con su canto de sirenas de "lustrada por 5 rupias", de con qué maestría sacaban los cordones y mezclaban polvitos hasta lograr el color exacto del calzado del cliente y muchas otras loas a los ejecutores de este oficio miserable, cuando cometí el error de leer una parte del borrador de mi postal a Tere, la muy leída madre de Moira P.  

La observación fue inmediata: Pero esto es igual a un relato breve de Cortazar. No puede ser (dije yo) me hubiera dado cuenta, tan senil no estoy. ¿En dónde está publicada? Bueno, acaba de salir. Resulta que Cortazar tenía un baúl con borradores, un poco como el de Pessoa, en el cual se encontraron toda clase de textos inéditos. Entre ellos un cuaderno de notas de su viaje a India. ¿Tan parecido será? Ahí te lo busco así lo lees. Y ahi nomás lo leí. Y sí, era idéntico: mismas observaciones, misma situación, misma evolución emocional y reflexiva. Me ganó de mano por treinta años y casi publico antes que él. La única diferencia era la locación, Cortazar elige el Conaught Circle E y yo la Old Delhi Station.

Me sentí muy feliz de encontrarme con Cortazar de este lado de la pluma. Eso sí, no tuve el coraje de terminar mi postal. 

Nobleza obliga, Shine, shine, shoe-shine boy es mucho mejor de lo que yo había hecho.

sábado, 23 de marzo de 2013

Postal 5: Casa de juegos

Entonces el croupier perdió la compostura no pudiendo ocultar ya su cara de asco.  Llevábamos tres horas fumando y bebiendo. Pero la noche había empezado temprano por la mañana y después de tres catas sistemáticas, dos almuerzos y una cena liviana con cava y cerveza, el whisky se había presentado no como la mejor, sino como la única opción. 

Una mesa de Black Jack y cinco Chivas 18 años! dijo el Doctor Taylor al atravesar la sala del casino seguido de otros cuatro notables: Máximo Folle, Lucho Arregui, Francisco Toro y el filósofo (que por hacer de narrador, se guarda en el inútil anonimato). Todos  estábamos al borde de la combustión espontánea, rodeados de una nube sutil y apenas perceptible que transformaba las humildes e higiénicas salas del casino simultáneamente en un vip de  Montecarlo y una casa de juegos barriobajera a orillas del Maldonado en los años 20. Todo era rojo, negro, madera,  rosa  y blanco iluminado de amarillo y humo. Quién hubiera dicho que nos iríamos llevando de tres a cinco veces el dinero con el que entraron a jugar.

Las cosas eran simples desde el punto de vista teórico, cinco contra uno jugando en equipos y con las reglas usuales del 21 rigiendo sobre la casa (pide con 16, con 17 se planta, blackjack paga 1.5). Desde el punto de vista práctico, las miradas turbias no contribuían demasiado ni auguraban un uso lúcido de las operaciones aritméticas más elementales. Nos estaban limpiando a velocidad uniforme a todos excepto a Máximo. Era su primer juego y en cinco manos había clavado tres blackjacks, momento en el cual el experimentado jefe de sala decidió cambiar la croupier pelirroja , oriunda de Villa Pueyrredon,  por su par mendocino, parco y más juicioso, quien nos haría perder más lentamente y evitaría rachas inverosímiles como la del loco máximo.

El jefe de la sala sólo volvería a la mesa  dos veces más esa noche: la primera para invitarnos una vuelta de whisky; la segunda con toallas en la mano, tratando de subsanar la inocultable cara de asco que nosotros no teníamos por qué ocultar.

Risas, en esencia de eso se trató todo bajo el aluvión.

Máximo había quintuplicado su capital inicial y estaba ofreciendo un curriculum vitae a una de las camareras de la sala, yo acomodaba mis fichas, el semiadolescente que había dejado de serlo hace quince minutos e inauguraba su temporada de juegos de azar antes de sacarse los brackets o necesitar una afeitada se rascaba la oreja hinchado de un orgullo incongruente por ser aceptado en nuestra mesa, el Dr. y Francisco esperaban cartas y ahí nomás, fuera de todo pronóstico, Lucho se puso azul, violeta y gris tormenta y tronó y relampagueó y barrió la mesa con un temporal de agua y risa. Cómo pudo atravesar la mesa, empapar por igual a escobitas, camareras, tahures, paño, cartas y personal civil es un misterio. Sólo alcanzó a decir, perdon, es agua nomás a mandibula batiente y entre carcajadas.

Entonces el croupier perdió la compostura no pudiendo ocultar ya su cara de asco.  Nunca en diez años de trabajo lo habían mojado así. Bautismo fruto del azar, igualándonos a todos, redimiéndonos   jugadores, marcó el punto de quiebre de la banca. A partir de ese momento y una vez desanegada la mesa, no paramos de ganar.

Al salir ya era casi de día aunque el amanecer  se ocultaba en la llovizna. Felices, incapaces de seguir  un rumbo en línea recta, volvimos al hotel agradeciendo el milagro de la noche a Francisco I, el primer Papa argentino.    

domingo, 10 de febrero de 2013

Desventuras del leñador. O, de las pasiones que sufriere aquel quien cortase un árbol y luego otro.


Alguien corta un árbol. Lo hace porque necesita leña y es invierno, o porque es leñador y entonces tiene el oficio de hacerlo y eso lo define como persona y si no lo hiciera caería en una crisis que lo llevaría a acumular cantidades insoportables de angustia que sólo podría combatir con una buena actividad física como cortar árboles. No importa por qué lo hace, lo importante es que alguien corte un árbol.

El árbol, cortado con una sierra Kolhmann & Schnaps de medio tiro, resulta muy grande para cualquier propósito fuera del talado con una sierra Kolhmann & Schnaps cuyos dientes de gran tamaño exigen piezas de taladuría mayor, por lo cual su tronco es cortado primero en dos secciones, la primera de las cuales ocupa un tercio del largo del tronco yacente, en tanto que la otra mitad, cuyo largo equivale al de los dos tercios restantes, es dividida de igual modo, correspondiéndose a la mayor pureza de la madera la última sección, de idílica calidad tan sólo apreciable por aquellos que de una u otra manera hubieran logrado ascender hasta ella desde la base del tronco o, una vez talado insolentes se le acercaran.

Pero incluso la sección superior y de más finas vetas resulta enorme, por lo que sufre una nueva secesión (la misma suerte corren las otras pero en distinta proporción: uno, dos, tres, cinco, siete, once, trece y diecisiete partes). Ostentando ya las partes un tamaño sensiblemente menos inasible, comienza el trabajo del hacha Lockemeyer (marca registrada en USA) que convierte las partes resultantes en leños de tamaño mediano, ideales para procesar y convertir en astillas que fácilmente se reprocesan deviniendo en un aserrín grosero, en primera instancia, y luego de una textura semejante a la de la arena o la sal.

Esas partículas diminutas de polvo vegetal son demasiado pequeñas para cualquier uso, excepto para uno: frotarse las manos transpiradas para poder tomar la sierra Kolhmann & Schnaps de medio tiro, que es muy efectiva, pero muy pesada y bastante peligrosa, y cortar un árbol. Porque el hombre necesita leña, o debe cortar un árbol porque le es imperativo, o porque es leñador y se define en su ser con ello, o porque le gusta, o es su hábito, o porque el bosque es grande, él esta solo y la naturaleza gusta de las pequeñas ironías inconducentes a las que somete y con las que entretiene a sus criaturas o, quizás, porque es la única forma en que puede justificar el aserrín en sus manos y el inútil crimen de haber perdido su día cortando un árbol.