viernes, 5 de abril de 2013

CICLO DE CHARLAS SOBRE ARTES VISUALES


CHARLA CON NAHUEL VECINO

VIERNES 19 DE ABRIL, 19 horas.


Esmeralda 759 - CABA





domingo, 31 de marzo de 2013

Nobleza obliga (ex Postal 6: Lustrador)

El parcialmente innoble oficio de los lustradores de zapatos en la India tiene una tradición inmemorial. Por generaciones, ya segmentada de la casta de los parias, pero a la par en pobreza y sacrificio de la de los asesinos marwaries, la casta de los lustradores ha nutrido el cuero de los zapatos y sandalias de locales y extranjeros en su pasaje por el subcontinente. 

Se dice que los grandes maestros del oficio son dueños  de un arte que permite la restitución, a través de polvos y cremas, de cualquier tipo de piel curtida o no. Se dice por ello que guardan el secreto de la eterna juventud. Es indudable, a través del registro de viajeros del siglo XVII que no emplean sobre sí mismos esos pigmentos y cremas y que huelen muy mal. Soy de la idea de que son inmortales, pero no individualmente, sino como colectivo.

En el siglo III antes de Cristo, el único que estuvo a la altura de Diógenes el cínico al dirigirle la palabra a Alejandro Magno  fue un lustrador. En el siglo XIII durante la invasión musulmana, que dejaría como saldo una tradición conservadora y ese gran monumento a la incapacidad de amar que es el Taj Mahal, el sultán Mamluk ordenó a todos los poetas de Rajasthan que se convirtieran al Islam, se dedicaran a  sacar brillo a zapatos o se perdieran en el desierto. Las protestas del gremio de los lustradores de zapatos fueron tan violentas, su inacción tan fatal para los fines del imperio Mughal  (no sólo zapatos restauraban sino también arreos) que Mamluk tuvo que elegir entre suspender su predica evangelizadora o sacrificar su campaña en el este de Bengal. Los lustradores se creían poetas ya sin necesidad del uso de la palabra.

Y yo estaba escribiendo felizmente sobre el talento de los lustradores de zapatos en la India, de cómo lo atrapaban a uno como arenas movedizas, o con su canto de sirenas de "lustrada por 5 rupias", de con qué maestría sacaban los cordones y mezclaban polvitos hasta lograr el color exacto del calzado del cliente y muchas otras loas a los ejecutores de este oficio miserable, cuando cometí el error de leer una parte del borrador de mi postal a Tere, la muy leída madre de Moira P.  

La observación fue inmediata: Pero esto es igual a un relato breve de Cortazar. No puede ser (dije yo) me hubiera dado cuenta, tan senil no estoy. ¿En dónde está publicada? Bueno, acaba de salir. Resulta que Cortazar tenía un baúl con borradores, un poco como el de Pessoa, en el cual se encontraron toda clase de textos inéditos. Entre ellos un cuaderno de notas de su viaje a India. ¿Tan parecido será? Ahí te lo busco así lo lees. Y ahi nomás lo leí. Y sí, era idéntico: mismas observaciones, misma situación, misma evolución emocional y reflexiva. Me ganó de mano por treinta años y casi publico antes que él. La única diferencia era la locación, Cortazar elige el Conaught Circle E y yo la Old Delhi Station.

Me sentí muy feliz de encontrarme con Cortazar de este lado de la pluma. Eso sí, no tuve el coraje de terminar mi postal. 

Nobleza obliga, Shine, shine, shoe-shine boy es mucho mejor de lo que yo había hecho.

sábado, 23 de marzo de 2013

Postal 5: Casa de juegos

Entonces el croupier perdió la compostura no pudiendo ocultar ya su cara de asco.  Llevábamos tres horas fumando y bebiendo. Pero la noche había empezado temprano por la mañana y después de tres catas sistemáticas, dos almuerzos y una cena liviana con cava y cerveza, el whisky se había presentado no como la mejor, sino como la única opción. 

Una mesa de Black Jack y cinco Chivas 18 años! dijo el Doctor Taylor al atravesar la sala del casino seguido de otros cuatro notables: Máximo Folle, Lucho Arregui, Francisco Toro y el filósofo (que por hacer de narrador, se guarda en el inútil anonimato). Todos  estábamos al borde de la combustión espontánea, rodeados de una nube sutil y apenas perceptible que transformaba las humildes e higiénicas salas del casino simultáneamente en un vip de  Montecarlo y una casa de juegos barriobajera a orillas del Maldonado en los años 20. Todo era rojo, negro, madera,  rosa  y blanco iluminado de amarillo y humo. Quién hubiera dicho que nos iríamos llevando de tres a cinco veces el dinero con el que entraron a jugar.

Las cosas eran simples desde el punto de vista teórico, cinco contra uno jugando en equipos y con las reglas usuales del 21 rigiendo sobre la casa (pide con 16, con 17 se planta, blackjack paga 1.5). Desde el punto de vista práctico, las miradas turbias no contribuían demasiado ni auguraban un uso lúcido de las operaciones aritméticas más elementales. Nos estaban limpiando a velocidad uniforme a todos excepto a Máximo. Era su primer juego y en cinco manos había clavado tres blackjacks, momento en el cual el experimentado jefe de sala decidió cambiar la croupier pelirroja , oriunda de Villa Pueyrredon,  por su par mendocino, parco y más juicioso, quien nos haría perder más lentamente y evitaría rachas inverosímiles como la del loco máximo.

El jefe de la sala sólo volvería a la mesa  dos veces más esa noche: la primera para invitarnos una vuelta de whisky; la segunda con toallas en la mano, tratando de subsanar la inocultable cara de asco que nosotros no teníamos por qué ocultar.

Risas, en esencia de eso se trató todo bajo el aluvión.

Máximo había quintuplicado su capital inicial y estaba ofreciendo un curriculum vitae a una de las camareras de la sala, yo acomodaba mis fichas, el semiadolescente que había dejado de serlo hace quince minutos e inauguraba su temporada de juegos de azar antes de sacarse los brackets o necesitar una afeitada se rascaba la oreja hinchado de un orgullo incongruente por ser aceptado en nuestra mesa, el Dr. y Francisco esperaban cartas y ahí nomás, fuera de todo pronóstico, Lucho se puso azul, violeta y gris tormenta y tronó y relampagueó y barrió la mesa con un temporal de agua y risa. Cómo pudo atravesar la mesa, empapar por igual a escobitas, camareras, tahures, paño, cartas y personal civil es un misterio. Sólo alcanzó a decir, perdon, es agua nomás a mandibula batiente y entre carcajadas.

Entonces el croupier perdió la compostura no pudiendo ocultar ya su cara de asco.  Nunca en diez años de trabajo lo habían mojado así. Bautismo fruto del azar, igualándonos a todos, redimiéndonos   jugadores, marcó el punto de quiebre de la banca. A partir de ese momento y una vez desanegada la mesa, no paramos de ganar.

Al salir ya era casi de día aunque el amanecer  se ocultaba en la llovizna. Felices, incapaces de seguir  un rumbo en línea recta, volvimos al hotel agradeciendo el milagro de la noche a Francisco I, el primer Papa argentino.    

domingo, 10 de febrero de 2013

Desventuras del leñador. O, de las pasiones que sufriere aquel quien cortase un árbol y luego otro.


Alguien corta un árbol. Lo hace porque necesita leña y es invierno, o porque es leñador y entonces tiene el oficio de hacerlo y eso lo define como persona y si no lo hiciera caería en una crisis que lo llevaría a acumular cantidades insoportables de angustia que sólo podría combatir con una buena actividad física como cortar árboles. No importa por qué lo hace, lo importante es que alguien corte un árbol.

El árbol, cortado con una sierra Kolhmann & Schnaps de medio tiro, resulta muy grande para cualquier propósito fuera del talado con una sierra Kolhmann & Schnaps cuyos dientes de gran tamaño exigen piezas de taladuría mayor, por lo cual su tronco es cortado primero en dos secciones, la primera de las cuales ocupa un tercio del largo del tronco yacente, en tanto que la otra mitad, cuyo largo equivale al de los dos tercios restantes, es dividida de igual modo, correspondiéndose a la mayor pureza de la madera la última sección, de idílica calidad tan sólo apreciable por aquellos que de una u otra manera hubieran logrado ascender hasta ella desde la base del tronco o, una vez talado insolentes se le acercaran.

Pero incluso la sección superior y de más finas vetas resulta enorme, por lo que sufre una nueva secesión (la misma suerte corren las otras pero en distinta proporción: uno, dos, tres, cinco, siete, once, trece y diecisiete partes). Ostentando ya las partes un tamaño sensiblemente menos inasible, comienza el trabajo del hacha Lockemeyer (marca registrada en USA) que convierte las partes resultantes en leños de tamaño mediano, ideales para procesar y convertir en astillas que fácilmente se reprocesan deviniendo en un aserrín grosero, en primera instancia, y luego de una textura semejante a la de la arena o la sal.

Esas partículas diminutas de polvo vegetal son demasiado pequeñas para cualquier uso, excepto para uno: frotarse las manos transpiradas para poder tomar la sierra Kolhmann & Schnaps de medio tiro, que es muy efectiva, pero muy pesada y bastante peligrosa, y cortar un árbol. Porque el hombre necesita leña, o debe cortar un árbol porque le es imperativo, o porque es leñador y se define en su ser con ello, o porque le gusta, o es su hábito, o porque el bosque es grande, él esta solo y la naturaleza gusta de las pequeñas ironías inconducentes a las que somete y con las que entretiene a sus criaturas o, quizás, porque es la única forma en que puede justificar el aserrín en sus manos y el inútil crimen de haber perdido su día cortando un árbol.

miércoles, 30 de enero de 2013

Cronómetro



1

Corro. Soy el aire que llena mi pecho y la música que suena en mi Ipod. Veo mis piernas, mis pies, mis brazos, curtidos por el sol. Kilómetros quedando atrás, sin anticipos. Y como si nada pasara o pudiera pasar, el dolor. Me siento mareado. Mi cabeza explota, algo la comprime. Veo un auto. Pido ayuda; socorro. Un médico por favor. Algo le pasa a mi cara o eso es lo último que creo ver reflejado en los vidrios del coche. Mi nombre es [Dolor]. Mi nombre es Benjamin Stehenstein y estoy muerto. Fallinangerness

2

Lo vimos desde lejos, íbamos subiendo por la ruta, yendo a Villa Futalaufquen. Remera celeste arremangada, buen porte, buen ritmo bajando hacia nosotros. Redujimos la velocidad unos cien metros antes de alcanzarlo para no cubrirlo con le polvo del camino. Fue ahí nomás que empezó a zigzaguear. Prácticamente nos cayó sobre el capot. Nos pidió ayuda, se presentó, dijo algo incomprensible y eso fue lo último que le oímos antes de que cayera inconsciente y lo lleváramos al hospital.

3

El paciente, hombre de alrededor de 30 años, ingresó sin consciencia con un cuadro grave causado por causas indeterminadas. Mientras trabajábamos en el diagnóstico, se produce el paro cardio-respiratorio. Hacemos lo posible por estabilizarlo, pero la situación es precaria. Intentamos por todos los medios contactar a sus familiares más cercanos.

4

Lo esperaba para desayunar. Había tostado el pan y el café estaba casi listo. Nuestras vacaciones de tercer aniversario. Me siento tan angustiada. No entiendo por qué. Por qué a mi. Por qué a él. No sé qué voy a hacer de ahora en más. No sé cuál es el peor de los males. Por qué cae en mi está decisión. Lo amo tanto.

5

Ser una familia en nuestra situación no es fácil. Es imposible. Cuando uno tiene hijos espera o cree que llegará el día en que ellos lo enterrarán a uno. Es el orden natural de las cosas. Una situación como esta no tiene razón de ser. Tan joven. Esperando en este limbo por una  esperanza. La espera es larga y angustiante. La lista no nos favorece.

6

La intervención fue exitosa. Casi un milagro, aunque no nos guste admitir que los haya. Una coincidencia de azares. Justo a tiempo.

7

Correr y sentir la sangre en mis venas. La libertad, la plenitud de una vida que ya no me debo sólo a mi o a mis padres. Mi segunda oportunidad. Tengo tanta gratitud que no doy un paso sin emocionarme hasta las lágrimas. El aire en mis pulmones, los futuros posibles. Los kilómetros quedan atrás y el parque que se abre a mi paso. Escucho cada paso y cada latido. Mi nombre es Roxana Hertz y estoy viva.

lunes, 21 de enero de 2013

Postal 4: Nada que temer (borrador 2)

La comida no había sido especialmente memorable, un sandwich de pollo no del todo fresco en Termini. Era la segunda vez en el día que me perdía la estación de trenes y llevaba ya demasiadas horas rodando: primero desde Barcelona hasta el caserío que se encuentra cruzando la frontera francesa y , una vez atravesada la costa azul, cambio de trenes e intervención policial con desalojo de marroquíes y una ambigua sensación de mesalveporunpeloporpareceritaloespañol. Pero esa es otra historia y ahora estaba exprimiendo al máximo mi pase europeo de 48 horas en el tramo Roma-Palermo.
Julia necesitaba desesperadamente abandonar Roma, esa ciudad más muerta incluso que París, y desbordada de ruinas, iglesias, arte y tantas cosas que le eran ajenas. Un aburrimiento total. O así me había dicho en su último correo en el que me pedía que abandonara el carnaval de Sitches para rescatarla y huir al Sur. El plan era visitar Sicilia, pese a mis advertencias de que estaría tan poblada de ruinas como Roma, Pompeya (más ruinas inclusive)y luego visitar algunos parientes suyos al este de Nápoles.
A poco de ocupar nuestros asientos en un compartimiento sin reservas ni ocupantes, lo que nos permitiría convertirlos en cama y dormir hasta que el tren se embarcara en el estrecho de Messina, un hombre de unos treinta y cinco años, contextura media, piel color oliva, pelo negro corto camisa gris a rayas grises y todos los tópicos imaginables de un siciliano nos pide lo excusemos y se sienta junto a nosotros.
¿Argentinos? Tengo que decirles que se ven Italianos. Es un cumplido, no vayan a ofenderse. ¿Primera vez en Sicilia? Su italiano está muy bien, comprenden, verdad. Se dice mucho del sur de Italia. Aquí en el centro y en todo el norte nos desprecian, pero no somos pobres ni ignorantes, más simples, es posible, tal vez quedados en el tiempo, pero en un buen sentido. Los italianos somos marginales en Europa y los sicilianos somos los italianos de Italia. Demasiados mitos habitan nuestras ciudades, pero no sufrimos. En Sicilia las cosas son hermosas, algo tradicionales, sí, pero románticas. “El padrino” no nos ha ayudado mucho, especialmente la segunda película. La mafia, las trampas, nada de eso es real. Son cosas inventadas por los americanos, ignorantes de nuestras tradiciones que piensan que somos vagos, corruptos, autómatas gritones, comedores de pasta en camiseta. En Palermo, por ejemplo, mi ciudad se dicen muchas cosas de las familias, pero no hay nada que temer. Ustedes pueden ir a cualquier parte libremente, salir de noche, de mañana, entrar a cualquier lugar. No tendrán problema alguno, les digo más, se van a enamorar, si es que no están ya enamorados. Verán que la gente es muy respetuosa y afectuosa, especialmente con ustedes, los argentinos. De las familias y la mafia, del crimen organizado, de las patotas, no tienen que preocuparse. Pero en cualquier caso, si tuvieran el más mínimo problema, si se metieran en el lugar equivocado o en cualquier situación difícil, no tienen que preocuparse. Sólo necesitan mencionar mi nombre, Antonio Tomasini de Palermo. Todos los palermitanos me conocen y estoy muy contactado. Como amigos mios están por demás cubiertos ante cualquier infortunio que pudiera ocurrirles o estar a punto de ocurrirles. No es que lo vayan a necesitar, pero recuerden, Antonio Tomasini, de la Familia. Antonio Tomasini, eso es todo, no tienen nada que temer.

jueves, 10 de enero de 2013

Postal 3 (nueva serie?): Aeropuerto

Al posponerse mi vuelo de Buenos Aires a Bariloche me encuentro haciendo fila el nuevo embarque con una muchacha, un hombre de unos cuarenta y cinco años y sus dos hijos, yendo a visitar a su familia al sur -la hermana del padre y tía de los niños, sin relación con la muchacha que tampoco tiene relación con ellos. Por afinidad, intereses comunes, nivel cultural  y cosas por el estilo, los chicos y yo nos ponemos a hablar. Luego de un rato, el mayor, de unos doce trece pelo corto, chomba a rayas (seguro él la llama con otro nombre) y botines de fútbol color naranja con matices amarillo fluorescentes, me dice: es muy raro esto que voy a decirte. Esto, naturalmente, me genera grandes expectativas porque venimos de una interesante conversación en la cual acaba de explicarme su teoría acerca de por qué ahora se ha puesto de moda levantar las cejas en respuesta a las miradas de desconocidos (como en gesto de camorra,  para que te enteres). Yo defendí que aquello no era ninguna moda, que era algo de siempre y muy de todos los barrios y que seguro que los egipcios lo hacían ya (sin lograr conmover su convicción, arguments convince nobody anyway). 
Cuando te veo, es como si viera a mi hermano (once o doce años, ortodoncia móvil, camiseta negra con la inscripción Deutschland y banderitas rojo negras y amarillas en las mangas). Es como si viera a mi hermano pero en grande (no dijo viejo). 
Joaquín (así se llama) y yo nos miramos a través de nuestros lentes y le digo que no se preocupe, que está a tiempo de hacer las cosas bien y que yo me he equivocado mucho (casi menciono a mi ex mujer que no tengo). 
Lo que me llamó la atención, sin embargo, fue que en su mirada no había pena, ni desesperación, mucho menos espanto. No le parecía terrible, vergonzante ni una infamia, por lo menos en primera instancia, convertirse en algo como yo. 
Me sentí un cocktail de James Bond, Batman y Billy de Kid con Errol Flynn (o el capitán sangre si es que no son la misma cosa) e Indiana Jones. Al notar lo desmedido y estúpido de mi reacción no pude evitar sonrojarme. 
 Después me contaron que viajan muy seguido al sur, que pescan, navegan y nadan en sus lagos. Les confesé, avergonzado, que apenas sé nadar.

Bariloche, 10 de Enero de 2012