miércoles, 2 de noviembre de 2011

Conjeturas


Borges señala1 que en 1523 Ulrich Zwingli2 “declaró su esperanza personal de compartir el cielo con Hércules, con Teseo, con Sócrates, con Arístides, con Aristóteles y con Séneca” ya que “generaciones de hombres idolátricos habían habitado la tierra sin ocasión de rechazar o abrazar la palabra de Dios” y que “una amplificación del noveno atributo del Señor (que es el de omnisciencia) bastó para conjurar la dificultad. Se promulgó que ésta importaba el conocimiento de todas las cosas: vale decir no sólo de las reales sino de las posibles también.” Así “los modos potenciales del verbo pudieron ingresar en la eternidad: Hércules convive en el cielo con Ulrich Zwingli porque Dios sabe que hubiera observado el año eclesiástico, la Hidra de Lerna queda relegada a las tinieblas exteriores porque le consta que hubiera rechazado el bautismo.”
Así como para los cristianos de los tiempos de Zwingli a un hombre le bastaba con abrazar la fe para ser salvo y con rechazarla para ser condenado, muchos militantes del progresismo nacional y popular argentino contemporáneo, que dicen descreer del cielo y del infierno, salvan o condenan a un hombre según la ideología que diga profesar. Puede que esto les resulte bastante sencillo a la hora de juzgar a los personajes que viven en la actualidad o que desarrollaron sus vidas a partir de las grandes revueltas obreras de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, pero ¿qué sucede con aquellos que vivieron antes y no tuvieron la oportunidad de abrazar o rechazar las luchas populares y las ideologías que les daban sustento? A falta de un dios omnisciente (o del PCUS3 que, en un libro que casualmente cayó en mis manos y cuyo título no recuerdo, dictaminó que Espartaco había sido algo así como un pionero de la lucha obrera) que sepa si en el siglo pasado tal monje medieval habría apoyado la teología de la liberación o cual compositor barroco se habría plegado al realismo socialista, no podemos aquí más que plantear algunos interrogantes. ¿Habrá que rescatar a Platón por su espíritu republicano o condenarlo por esclavista? ¿Fue Jesús de Nazareth un vanguardista revolucionario o un mero encendedor de la pipa del opio de los pueblos? ¿Miguel Ángel Buonarroti, si hubiera vivido en México durante la primera mitad del siglo XX, habría sido muralista? ¿Ludwig Van Beethoven le habría dedicado una sinfonía a Stalin para luego tachar la dedicatoria?
En el incomprensible y apasionado entorno local, un sector que se auto-proclama representante del pensamiento popular denuesta al sanjuanino más famoso, un clásico liberal del siglo XIX, presidente electo, billete de cincuenta pesos, discriminador de gauchos e impulsor de la educación universal, laica y gratuita, mientras que reivindica a su contemporáneo, el llamado Restaurador de las Leyes, nacionalista católico, caudillo federal, billete de veinte pesos y estanciero que, apoyado por la oligarquía terrateniente, gobernó con mano de hierro durante veinte años y, una vez derrocado, fue protegido por el gobierno inglés para exiliarse en Southampton, donde pasó sus últimos veintidós años.
Maximilien de Robespierre, entre las muchas cosas que hizo, como pergeñar una revolución, sembrar el terror, recibir un balazo en la cabeza y morir decapitado, tomó la precaución de no leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos para eludir el anacronismo. Por su parte, Cornelio Saavedra, además de comandar el Regimiento de Patricios, presidir la Primera Junta, pelearse con Mariano Moreno y conspirar contra la Junta Grande, se abstuvo de leer el Manifiesto Comunista por idéntico motivo. Por lo tanto sospecho que, para evitar falsas conclusiones, será mejor no juzgar sus actuaciones bajo la luz de los mencionados textos. En todo caso podremos recurrir al auxilio de Rousseau, Voltaire o Montesquieu, siempre y cuando tengamos en cuenta que éstos no esgrimieron como arma más que la pluma y la palabra, mientras que aquéllos fueron quienes blandieron las espadas. En cuanto a los contrafácticos, supongo que será mejor dejarlos al arbitrio de algún demiurgo competente.


1 Borges, Jorge Luis, Historia de la eternidad (Emecé Editores, Buenos Aires, 1953)
2 Zwingli, Ulrich (1484-1531) Líder de la reforma protestante suiza y fundador de la Iglesia Reformada Suiza
3 Partido Comunista de la Unión Soviética

martes, 11 de octubre de 2011

Jornada de arte barroco


JORNADA DE ARTE BARROCO

Sábado 15 de octubre, 18 hs

PROGRAMA:

El barroco en Rubens y Bach

Charla a cargo de Luis Colucci y Mariano Lastiri

Música barroca en vivo

A cargo de Ivonne Subía (guitarra) y Gabriel Huároc (tenor)

ENTRADA GRATUITA

Escuela de Arte y Cultura EL FARO

Castro Barros 471 CABA

sábado, 17 de septiembre de 2011

Hormigas

Tenía razón Quino cuando decía que la vida se parece más a la vida que a la publicidad.

Pasa que ayer me levanté medio torcido y encima resultó que el último resto de yerba que me quedaba era puro polvo, así que bajé al chino de al lado a reponer y me encontré con que el saludo aleatorio había caído en el casillero NO, como suele suceder unos veintinueve días al mes, excepto en febrero. Lo que no tiene nada de aleatorio en ese mercadito es la no emisión del ticket correspondiente, aunque indefectiblemente se me cobre hasta el último centavo del IVA.

Cuando saqué el billete de cien el tipo me miró como si yo fuese un delincuente que, con la excusa de comprar yerba, iba a su negocio a esa hora de la mañana a robarle el escaso cambio de la caja.

Al volver, el perrito de la del sexto terminó de despertarme durante cinco pisos de ladridos en ascensor. Yo reprimí las ganas de darle de puntín en el hocico, porque ya de por sí la tipa es insoportable, así que ni quería imaginarme como se habría puesto si le hubiese asestado un golpe en la trompa a su igualmente insoportable can.

“Tengo toda la mañana para componer”, pensé, y con el mate caliente y sin saber muy bien qué iba a hacer me senté frente a la computadora.

Los martillazos del plomero que trabajó durante toda la mañana en el departamento H, que empezaron dos minutos después de la primera cebada y antes de que escribiera una sola nota, terminaron en el momento exacto en que debía llegar mi primer alumno. Por lo menos el ruido que me taladró incesantemente el cerebro durante unas cuatro horas me sirvió de excusa por no haber compuesto siquiera un compás cuando, en realidad, no se me había caído una miserable idea.

Quince minutos más tarde de la hora en que debía haber comenzado su clase, llamó el alumno para informarme que no había venido.

“Voy a aprovechar a ver si me sale algo ahora” pensé en el instante exacto en que el monitor se ponía cruelmente negro y se apagaban las luces del módem. Entonces hice el típico gesto tonto de intentar prender la luz para corroborar que se trataba de un obvio corte de energía eléctrica. Llamé a Edesur para obtener información de la causa y /o duración del corte pero no obtuve respuesta.

Suspendí todas las actividades de la tarde y me fui un largo rato a deambular por las librerías de la calle Corrientes, a ver si la literatura podía tapar un poco la realidad. Aunque la ida en el 6 fue terrible por lo lenta y la vuelta lo fue más aún por lo lenta y por lo incómoda, el viaje al centro me cambió el humor; además volvía con un libro nuevo y, cuando llegué a mi edificio, ya había vuelto la luz.

Desde un departamento vecino, una reunión de adolescentes o treintañeros, que en el los albores del siglo XXI viene a ser casi lo mismo, invadió mi lectura con ráfagas de interjecciones y risotadas etílicas o simplemente idiotas. El silencio otorgaba breves pausas que me permitían retomar la página cuya lectura había sido interrumpida, pero por cada una que avanzaba debía retroceder otra, lo que llevó a que después de una hora sólo hubiese logrado leer varias veces la primera de ellas.

Frustrado con la no lectura, decidí poner la tercera sinfonía de Górecki a un volumen moderado pero lo suficientemente alto como para que la voz de Zofia Kilanowicz relegara las voces vecinas a un segundo plano. Me tiré en la cama con un whisky doble y, luego de tomármelo de unos pocos tragos, apagué la luz para tratar de dormir.

Entonces, en un súbito arranque de conformismo, pensé que Quino también tenía razón cuando decía que, comparada con una tragedia como la guerra, una invasión de hormigas a las plantas del hogar no puede tomarse como una desgracia, sino a lo sumo como una situación antipática. También pensé que, aunque así sea, tener que enfrentarme diariamente a este gran hormiguero, que a veces siento que me invade, me resulta casi doloroso, aunque yo también sea parte de él.

Finalmente, lo que me invadió fue el sueño; y las voces, Górecki, Quino y las hormigas se fueron tornando cada vez más lejanos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Juan Balmes [borrador]

De las muchas cosas que no eligió, y que nadie salvo los reyes o papas, que son reyes después de todo, elige, la primera fue su nombre, Juan Balmes, heredado junto con el apellido de su padre y del hermano mayor de su abuelo. Sí eligió, en cambio, cada vez que pudo, el jugo Cipolleti de manzana por sobre cualquier otro, no sólo por su sabor sino también por el envase plateado que le daba un aire elegante. Además del jugo, su infancia estuvo marcada por otras preferencias, dibujar, las adivinanzas, los piratas, los barcos y los campamentos; cosas fabricadas con los mismos elementos: papel, lápices, pañuelos o sábanas (preferentemente sin estampados de flores, poco convenientes para un pirata) e imaginación.

Pero Juan Balmes, que hubiera querido ser explorador, detective o ladrón, como la mayor parte de sus compañeros, tenía una sensibilidad especial para algunas cosas. Así, mientras otros temían monstruos y otras encarnaciones concretas del mal como el dolor y los dentistas, Juan, que soñaba con sirenas, tenía miedo de que el mundo, en lo que importaba, desapareciera. Horror. Pánico de ser abandonado por el mundo en lo que importaba. Por eso los padres de Juan debían turnarse en la puerta de su jardín de infantes y quedarse en la puerta leyendo para que Juan pudiera asomarse en cualquier momento por la rendija del buzón de la enorme puerta color verde legnano del colegio y constatar que no habían desaparecido, que él o ella seguían ahí.

Ridículo como pueda parecer, era empirista sin haber leído a Hume - no sabía leer- y dios berkeleiano sin saber demasiado de Dios ni de Berkeley. La realidad de parecía frágil como la vida de un gorrión - había visto morir algunos -y entendía con una certeza que va más allá de lo que el entendimiento permite que cuando algo ya no es visto, puede ya no ser. Le daban terror las calesitas. El momento en que sus papás desaparecían y mostraban el revés del mundo que le era ajeno y en el que estaba solo. Le parecía trágico borrar un pizarrón y sólo accedía a ello, de mala gana, cuando la mamá y el papá le sacaban una foto.

Un día su abuelo lo llevó al colegio, tenía cinco años, y él sintió que si lo dejaba irse quizás no lo volvía a ver nunca. Lloró y pataleó de una forma que nadie entendió del todo y ni si quiera él supo explicar por qué. Las palabras lo traicionaban desde antes de que pudiera confiar en ellas.

Con el tiempo fue aprendiendo a manejar esos miedos, a no patalear, y a confiar en que las cosas siguen ahí incluso cuando uno no las ve. Es decir, con el tiempo, empezó a engañarse. Como el resto del mundo se engaña; un signode salud. Y estudió en el colegio nacional y decidió seguir derecho y ser maestro.

Pero el engaño sólo duro unos años. Entonces sí vió a su abuelo Eugenio por última vez, sintió ese miedo infantil y lo contuvo y no volvió del living al dormitorio a darle otro beso y al día siguiente se enteró de que había muerto y le dió otro beso. No sin antes caminar mucho, todo un día. No era lo mismo, no lo fue ya. Y entendió también que a veces incluso al ver las cosas, las cosas no están.

Desde ese día, juan no dejó nunca del todo esos miedos infantiles, que no le resultaban ya infantiles. Después tuvo mujer y un hijo que no tuvo y dos que sí. Hoy tiene un sólo terror, ya casi desde el lado definitivo de las cosas y otros temen por él. Así giran las cosas. Hoy, al pensar en todo aquello, tiene la impresión de haber visto su propia vida, efímera y cierta como sus temores, terminando para él como para usted esta frase desaparece.

miércoles, 3 de agosto de 2011

TANGER - En concierto

viernes, 24 de junio de 2011

Dale Jaaaaazz

Estimados lectores:
Uno de nuestros muchachos estará mañana por la tarde hablando de literatura y revelando algunos de los arcanos de su ejercicio en el Festival de Jazz emergente.

Lo han leído, escuchenlón.
¡¡¡Grandes músicos de la escena emergente del jazz porteño!!!!






Más información en


martes, 7 de junio de 2011

Tanger en concierto