sábado, 17 de septiembre de 2011

Hormigas

Tenía razón Quino cuando decía que la vida se parece más a la vida que a la publicidad.

Pasa que ayer me levanté medio torcido y encima resultó que el último resto de yerba que me quedaba era puro polvo, así que bajé al chino de al lado a reponer y me encontré con que el saludo aleatorio había caído en el casillero NO, como suele suceder unos veintinueve días al mes, excepto en febrero. Lo que no tiene nada de aleatorio en ese mercadito es la no emisión del ticket correspondiente, aunque indefectiblemente se me cobre hasta el último centavo del IVA.

Cuando saqué el billete de cien el tipo me miró como si yo fuese un delincuente que, con la excusa de comprar yerba, iba a su negocio a esa hora de la mañana a robarle el escaso cambio de la caja.

Al volver, el perrito de la del sexto terminó de despertarme durante cinco pisos de ladridos en ascensor. Yo reprimí las ganas de darle de puntín en el hocico, porque ya de por sí la tipa es insoportable, así que ni quería imaginarme como se habría puesto si le hubiese asestado un golpe en la trompa a su igualmente insoportable can.

“Tengo toda la mañana para componer”, pensé, y con el mate caliente y sin saber muy bien qué iba a hacer me senté frente a la computadora.

Los martillazos del plomero que trabajó durante toda la mañana en el departamento H, que empezaron dos minutos después de la primera cebada y antes de que escribiera una sola nota, terminaron en el momento exacto en que debía llegar mi primer alumno. Por lo menos el ruido que me taladró incesantemente el cerebro durante unas cuatro horas me sirvió de excusa por no haber compuesto siquiera un compás cuando, en realidad, no se me había caído una miserable idea.

Quince minutos más tarde de la hora en que debía haber comenzado su clase, llamó el alumno para informarme que no había venido.

“Voy a aprovechar a ver si me sale algo ahora” pensé en el instante exacto en que el monitor se ponía cruelmente negro y se apagaban las luces del módem. Entonces hice el típico gesto tonto de intentar prender la luz para corroborar que se trataba de un obvio corte de energía eléctrica. Llamé a Edesur para obtener información de la causa y /o duración del corte pero no obtuve respuesta.

Suspendí todas las actividades de la tarde y me fui un largo rato a deambular por las librerías de la calle Corrientes, a ver si la literatura podía tapar un poco la realidad. Aunque la ida en el 6 fue terrible por lo lenta y la vuelta lo fue más aún por lo lenta y por lo incómoda, el viaje al centro me cambió el humor; además volvía con un libro nuevo y, cuando llegué a mi edificio, ya había vuelto la luz.

Desde un departamento vecino, una reunión de adolescentes o treintañeros, que en el los albores del siglo XXI viene a ser casi lo mismo, invadió mi lectura con ráfagas de interjecciones y risotadas etílicas o simplemente idiotas. El silencio otorgaba breves pausas que me permitían retomar la página cuya lectura había sido interrumpida, pero por cada una que avanzaba debía retroceder otra, lo que llevó a que después de una hora sólo hubiese logrado leer varias veces la primera de ellas.

Frustrado con la no lectura, decidí poner la tercera sinfonía de Górecki a un volumen moderado pero lo suficientemente alto como para que la voz de Zofia Kilanowicz relegara las voces vecinas a un segundo plano. Me tiré en la cama con un whisky doble y, luego de tomármelo de unos pocos tragos, apagué la luz para tratar de dormir.

Entonces, en un súbito arranque de conformismo, pensé que Quino también tenía razón cuando decía que, comparada con una tragedia como la guerra, una invasión de hormigas a las plantas del hogar no puede tomarse como una desgracia, sino a lo sumo como una situación antipática. También pensé que, aunque así sea, tener que enfrentarme diariamente a este gran hormiguero, que a veces siento que me invade, me resulta casi doloroso, aunque yo también sea parte de él.

Finalmente, lo que me invadió fue el sueño; y las voces, Górecki, Quino y las hormigas se fueron tornando cada vez más lejanos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Juan Balmes [borrador]

De las muchas cosas que no eligió, y que nadie salvo los reyes o papas, que son reyes después de todo, elige, la primera fue su nombre, Juan Balmes, heredado junto con el apellido de su padre y del hermano mayor de su abuelo. Sí eligió, en cambio, cada vez que pudo, el jugo Cipolleti de manzana por sobre cualquier otro, no sólo por su sabor sino también por el envase plateado que le daba un aire elegante. Además del jugo, su infancia estuvo marcada por otras preferencias, dibujar, las adivinanzas, los piratas, los barcos y los campamentos; cosas fabricadas con los mismos elementos: papel, lápices, pañuelos o sábanas (preferentemente sin estampados de flores, poco convenientes para un pirata) e imaginación.

Pero Juan Balmes, que hubiera querido ser explorador, detective o ladrón, como la mayor parte de sus compañeros, tenía una sensibilidad especial para algunas cosas. Así, mientras otros temían monstruos y otras encarnaciones concretas del mal como el dolor y los dentistas, Juan, que soñaba con sirenas, tenía miedo de que el mundo, en lo que importaba, desapareciera. Horror. Pánico de ser abandonado por el mundo en lo que importaba. Por eso los padres de Juan debían turnarse en la puerta de su jardín de infantes y quedarse en la puerta leyendo para que Juan pudiera asomarse en cualquier momento por la rendija del buzón de la enorme puerta color verde legnano del colegio y constatar que no habían desaparecido, que él o ella seguían ahí.

Ridículo como pueda parecer, era empirista sin haber leído a Hume - no sabía leer- y dios berkeleiano sin saber demasiado de Dios ni de Berkeley. La realidad de parecía frágil como la vida de un gorrión - había visto morir algunos -y entendía con una certeza que va más allá de lo que el entendimiento permite que cuando algo ya no es visto, puede ya no ser. Le daban terror las calesitas. El momento en que sus papás desaparecían y mostraban el revés del mundo que le era ajeno y en el que estaba solo. Le parecía trágico borrar un pizarrón y sólo accedía a ello, de mala gana, cuando la mamá y el papá le sacaban una foto.

Un día su abuelo lo llevó al colegio, tenía cinco años, y él sintió que si lo dejaba irse quizás no lo volvía a ver nunca. Lloró y pataleó de una forma que nadie entendió del todo y ni si quiera él supo explicar por qué. Las palabras lo traicionaban desde antes de que pudiera confiar en ellas.

Con el tiempo fue aprendiendo a manejar esos miedos, a no patalear, y a confiar en que las cosas siguen ahí incluso cuando uno no las ve. Es decir, con el tiempo, empezó a engañarse. Como el resto del mundo se engaña; un signode salud. Y estudió en el colegio nacional y decidió seguir derecho y ser maestro.

Pero el engaño sólo duro unos años. Entonces sí vió a su abuelo Eugenio por última vez, sintió ese miedo infantil y lo contuvo y no volvió del living al dormitorio a darle otro beso y al día siguiente se enteró de que había muerto y le dió otro beso. No sin antes caminar mucho, todo un día. No era lo mismo, no lo fue ya. Y entendió también que a veces incluso al ver las cosas, las cosas no están.

Desde ese día, juan no dejó nunca del todo esos miedos infantiles, que no le resultaban ya infantiles. Después tuvo mujer y un hijo que no tuvo y dos que sí. Hoy tiene un sólo terror, ya casi desde el lado definitivo de las cosas y otros temen por él. Así giran las cosas. Hoy, al pensar en todo aquello, tiene la impresión de haber visto su propia vida, efímera y cierta como sus temores, terminando para él como para usted esta frase desaparece.

miércoles, 3 de agosto de 2011

TANGER - En concierto

viernes, 24 de junio de 2011

Dale Jaaaaazz

Estimados lectores:
Uno de nuestros muchachos estará mañana por la tarde hablando de literatura y revelando algunos de los arcanos de su ejercicio en el Festival de Jazz emergente.

Lo han leído, escuchenlón.
¡¡¡Grandes músicos de la escena emergente del jazz porteño!!!!






Más información en


martes, 7 de junio de 2011

Tanger en concierto

miércoles, 18 de mayo de 2011

Guionismos

Logias masónicas, comunidades indígenas, líderes perversos, líderes sublimes, enfermos mentales, niños sanadores, niños abusados sexualmente, homosexuales reprimidos, homosexuales culposos, homosexuales asumidos, bisexuales, mujeres golpeadas. Homicidios, intentos de homicidio, intentos de violación, secuestros extorsivos, embarazos extorsivos, embarazos no deseados, embarazos interrumpidos, amores prohibidos, desamores, infidelidades, adicciones, sed de poder, sed de venganza, sed de justicia.
Los responsables del ciclo El elegido (de lunes a jueves a las 23 por Telefé) creen menos en el desarrollo de unas pocas ideas que en la dilapidación de muchas. Curiosamente, en cambio, suponen que la repetición de un mismo recurso (el del tercero que ve u oye algo que no debía haber visto u oído) basta para componer una serie de televisión.
Claro que, seguramente, el oportuno y oportunista cóctel de maniqueísmo, corrección política, teoría de la conspiración, indigenismo banal y new age les hará ganar la simpatía de unos cuantos bienpensantes trasnochados y de otros tantos miembros del jurado de los premios Martín Fierro.
No quiero ser injusto, probablemente esta crítica podría hacerse extensiva a más de un ciclo de la televisión argentina pero, por suerte o por desgracia, no he visto más que algunos episodios de éste.
Y pensar que hace más de cien años un ruso desperdició tantas páginas intentando penetrar en la mente de un joven que apenas había matado a dos viejas, si me perdonan el spoiler.

lunes, 9 de mayo de 2011

Columnista invitado, Noam Chomsky

En esta ocasión inauguramos una nueva sección de sindudamente: columnistas invitados. Una sección donde se difunden en nuestro humilde idioma algunas ideas que por azar, negligencia o falta de interés no están a la mano del lector criollo.

Noam Chomsky: Mi reacción a la muerte de Osama bin Laden

Está cada vez más claro que la operación fue planeada como un asesinato, violando normas elementales del derecho internacional. Parece no haber habido intento alguno de aprehender a la desarmada víctima, lo cuál presumiblemente podrían haber hecho 80 comandos que prácticamente no encontraron resistencia- excepto, dicen, por parte de su esposa, quien arremetió contra ellos. En sociedades que profesan algún respeto por la ley, los sospechosos son aprehendidos y levados a un juicio justo. Destaco "sospechosos". En abril de 2002, la cabeza del FBI, Robert Mueller, informó a la prensa que luego de la investigación más profunda de la historia, el FBI no podía decir más que él "creía" que el complot había sido armado en Afganistán, aunque llevado a cabo en los Emiratos Árabes Unidos y Alemania. Lo que sólo creían en abril de 2002, obviamente no lo sabían ocho meses antes, cuando Washington descartó ofertas tentativas de los Talibanes (cuán serías, no lo sabemos, dado que fueron inmediatamente descartadas) para extraditar a bin Laden, si se presentaba evidencia- la cual, como luego supimos, Washington no tiene. Así, Obama sencillamente estaba mintiendo cuando dijo, en su declaración de la Casa Blanca, que "rápidamente supimos que el ataque del 9/11 fue llevado a cabo por al Qaeda".

Nada serio se ha ofrecido desde entonces. Se ha dicho mucho de la "confesión" de bin Laden, pero ello es bastante parecido a mi confesión de que gane la Maratón de Boston. Él se jactaba de lo que veía como un gran logro.

Hay también bastante discusión mediática de la ira de Washington porque Pakistán no entregara a Bin Laden, siendo que seguramente elementos de las fuerzas militares y de seguridad estaban al tanto de su presencia en Abbottabad. Menos se dice sobre la ira de Pakistán porque los Estados Unidos invadieran su territorio para llevar a cabo un asesinato político. El fervor anti-americano ya es bastante grande en Pakistán, y estos eventos probablemente lo exacerben. La decisión de tirar su cuerpo al mar provoca desde ya, predeciblemente, tanto ira como escepticismo en gran parte del mundo musulmán.

Podemos preguntarnos cómo hubiéramos reaccionado si comandos iraquíes aterrizaran en la casa de George W. Bush, lo asesinaran y tirasen su cuerpo al Atlántico. Sin duda, sus crímenes superan ampliamente los de bin Laden, y el no es un "sospechoso" sino, y sin duda, el "decisor" que dio las órdenes de cometer el " supremo crimen internacional, difiriendo sólo de otros crímenes de guerra en que éste contiene en sí mismo el mal acumulado de todos los demás" (citando al Tribunal de Nuremberg) por el cual los criminales nazis fueron colgados: los cientos de miles de muertos, millones de refugiados, la destrucción de gran parte de su país, el amargo conflicto sectario diseminado ahora en el resto de la región.

Hay más para decir sobre (el bombero cubano Orlando) Bosch, quien murió tranquilamente en Florida, en referencia a la "doctrina Bush" de que las sociedades que dan puerto a terroristas son tan culpables como los terroristas mismos y deberían ser tratadas en consecuencia. Nadie parece haber notado que Bush estaba llamando a la invasión y destrucción de los Estados Unidos y asesinato de su presidente criminal.

Lo mismo con el nombre, Operación Gerónimo. La mentalidad imperial es tan profunda, en la sociedad occidental, que nadie percibe que se está glorificando a bin Laden identificándolo con la valiente resistencia a invasores genocidas. Es como bautizar a nuestras armas asesinas con los nombres de las víctimas de nuestros crímenes: Apache, Tomahawk... Es como si la Luftwaffe hubiese llamado a sus aviones de combate "Judío" y "Gitano".

Hay muchos más para decir, pero incluso los hechos más obvios y elementales deberían darnos bastante en que pensar.

(Copyright 2011 Noam Chomsky)