sábado, 20 de marzo de 2010

Curioso marketing

... recordé el día en que cerró la "Academia Fracassi de música" y me hice de unas partituras y un atril. Pero eso fue hace ya tiempo y esto ocurrió hace apenas unas semanas. Allí estaba, uno como tantos pero destinado a mi, uno como muchos, incluso uno no muy distinto de otros miles: un ejemplar de Cirenaica, una novela de Ermanno Cavazzoni. En la solapa constaba la siguiente sentencia:
"Este no es un libro para quinceañeros llenos de bellas esperanzas ni para señores maduros, pensantes y equilibrados. Este es un libro para todos aquellos que son unos fracasados y lo sospechan, independiente -mente de la edad y el censo, e intuyen que si tuviesen que vivir otra vez, volverían a fracasar".

Definitivamente es un libro para gente come il faut, pensé. No sólo porque haya algo bastante digno en fracasar, que supone que uno ha intentado, ni porque su carácter cíclico ejemplifica nuestra inagotable fe. Siempre me han resultado más convincentes este tipo de estrategias, en las que uno sólo necesita sentir cierta empatía con el destinatario ideal de la cosa promovida, que aquellas en las que se supone que uno se identifica con él. Pongamos un ejemplo. Hay una serie de libros que se llaman X para Ys: Filosofía para principiantes, Marketing para administradores de consorcios, Teoría política para gente inteligente (debo confesar que esa serie de "para gente inteligente" me tienta; sus volúmenes traen dibujos, esquemas y son muy coloridos). Son todos ellos menos detestables que los de la series tóxica (Gente tóxica, relaciones tóxicas, amores tóxicos, tóxicos tóxicos, etc.), pero apuestan al siguiente razonamiento del lector cliente: Soy inteligente, soy administrador de consorcios, soy marketing, soy el camino y la puerta, estos libros son para mi. Mucho mejor es vender libros para fracasados. Nadie dirá, soy un fracasado, esto es lo mio y lo comprará esperando sosiego para su incompetencia. Quizás nadie lo compre, después de todo así debe haber llegado a la mesa de saldos en que lo encontré, pero esa es otra cuestión.

El autor además ha publicado Los escritores inútiles un verdadero manual para todo literato que empieza así:
"Quien quiera ser un escritor inutil no tiene más que ejercitarse. Se recomienda el ejerciciode los pecados, que son siete; hay que insistir en cada uno de ellos hasta que pronto se obtiene una nueva visión y uno se queda allí, mudo, blando e incapaz de todo... hay escuelas para esto."

Curioso marketing y curiosas intenciones didacticas las de Cavazzoni. Innecesario es decir que me compré el libro. Y así, por asociaciones libres, siguiendo el camino que imponían los pensamientos...

jueves, 4 de marzo de 2010

Primera metamorfosis (La metamorfosis de la tía Chola)

- Éste es el nuevo milagro de la alternativa naturista- dijo la tía Chola, se tragó un globulito e inmediatamente se convirtió en una veinteañera. Fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de infusión y unas galletitas que parecían pequeñas láminas de aglomerado. Acerqué la nariz a una de las tazas y manó de ella un aroma que olía a calle arbolada mezclada con manzanilla.
- ¿Café no tenés?- dije, mirándola de reojo porque todavía no me había acostumbrado a su nueva imagen.
- No, el café hace mal. Probá este té que es riquísimo y además es cien por ciento natural.
Le di un mordisco desganado a una galletita y se me quedó pegada en el paladar. Mientras apuraba un sorbo del potaje para bajar el bolo de aserrín, un aroma familiar llegó en mi auxilio desde la cocina y me hizo sentir una especie de nostalgia prematura.
- Estás cocinando un bizcochuelo...- dije con la esperanza de que reemplazara los cuadraditos prensados por una porción esponjosa con sabor a cacao.
- Es para vender mañana en la feria de Plaza Francia- me interrumpió.- Con eso me voy a pagar las sesiones de vibración védica.
Omitiendo cualquier comentario al respecto, le agregué un poco de azúcar sin refinar al brebaje para hacerlo un poco más potable y lo terminé de un trago. Giré la cabeza hacia los lados sin saber qué decir y, por hacer algo, miré la hora en el reloj.
- ¿Estás apurado?
- Más o menos. En un rato me encuentro con una chica que conocí hace unos días. ¿Vos tenés algo que hacer?
- A las seis tengo el curso de aromaterapia y a la noche me pasan a buscar mis amigas para ir a un concierto tributo a los Rolling Stones.
- ¿A los Rolling Stones? ¿Pero a vos no te gustaba Pugliese?
- Está bueno, pero las clases de tango son los viernes a las ocho- dijo y rápidamente agregó:
- ¿De qué signo es?
- ¿Qué?
- La chica. ¿De qué signo es?
A esa altura ya nada podía sorprenderme, pero ni siquiera me había preguntado el nombre.
- No tengo la menor idea.
Sin café ni bizcochuelo, imposibilitado (pese a haber sido testigo de la metamorfosis) de identificar a esa joven de curvas perfectas como la tía Chola y considerando la prohibición del incesto, decidí irme de inmediato.
Gané la calle, me metí en el bar más cercano y pedí un café con leche con medialunas. Como todavía era temprano consideré seriamente cancelar la cita. No quería ni ver lo que podía haber pasado con esa chica que unos días atrás me había resultado tan atractiva.

martes, 16 de febrero de 2010

Perder el tiempo

Hace algunos años, con la pretendida excusa de profundizar mis conocimientos de la lengua y cultura francesas, me encontraba recorriendo la autopista que conecta las principales ciudades que median entre Paris y Aix en Provence. Es innecesario decir que no era yo quien conducía (mi natural y universal impericia limitan mis posibilidades como conductor a la bicicleta, con la que no puedo ocasionar mayores daños). Llegando a pocos kilómetros de la ciudad de Lyon (puede ser otra ciudad, da igual) la autopista se interna en unas profundidades dantescas que se extienden hasta que uno se encuentra nuevamente a pocos kilómetros de la ciudad de Lyon, yéndose. Si no recuerdo mal, mientras atravesábamos iluminado tunel de cemento (lo que demoró unos veinte minutos) quien conducía comentó que gracias a esa maravilla de la ingeniería estábamos ganando casi media hora de nuestro tiempo. No tuve sin embargo la impresión rejuvenecedora de ganar media hora de mi vida. Lo cierto más bien es que perdí veinte minutos recorriendo un túnel como si fuera un topo y la oportunidad de ver algo de Lyon ( que puede haber sido otra ciudad, da igual, especialmente si uno va por un túnel).
Esto vino a mi memoria en una reciente conversación sobre la educación pública y la forma en que se imparte actualmente. Sin contar con el menosprecio que sufre la labor docente por mérito propio y el escaso nivel profesional de muchos de los profesores, no de todos afortunadamente, se encuentra el menosprecio teórico y sistemático de su labor. Ambos están relacionados y pueden resumirse en dos o tres ideas igualmente nefastas: que las clases y la instrucción formal son sólo un aspecto y en absoluto uno de los más importantes en la educación de las personas; que la educación y su calidad deben ser juzgadas, no por los expertos y docentes sino por los propios alumnos, inspectores, caciques, padres, dirigentes políticos y otros metomentodo; que los planes de estudio y sus contenidos deben estar muy en contacto con la realidad social exterior a las instituciones educativas y, lo más grave, que los contenidos impartidos deben ser sola o principalmente, útiles. No sea que los niños pierdan el tiempo.
Pero es esto último quizás el peor crimen. La educación formal tiene valor justamente por no estar sometida al parecer de otras fuerzas sociales y ser ajena- sólo en parte, es cierto que la cuestión es más complicada- a la situación social de los educandos y al juicio de los inexpertos e impertinentes. Es precisamente porque mucho de lo que se enseña y aprende no tiene contacto con la realidad, porque es inútil, por lo que tiene valor verdadero. La realidad puede ser cruel y carecer de oportunidades o ejemplos nobleza –así estamos- pero una buena e inútil educación enseñará literatura y gramática con ejemplos de héroes que se sacrifican por su deber, como Hector por troya, o que vencen enormes fuerzas con su ingenio, como Ulises y los suyos contra el cíclope. Y lo mismo con la gramática que con la geografía. o la matemática Más útil es mandar a los niños directamente a juntar cartón, si son pobres, o a trabajar a jornada completa en una mina o una fábrica, si no son tan pobres. Es decir, la educación útil y socialmente arraigada que se fomenta en lo abstracto es totalmente prescindible e inútil y no enseña nada que no se fuera enseñar por sí mismo.
Otro triste ejemplo de esta actualidad cultural se me presentó visitando el museo de ciencias naturales de La Plata hace tres años o cuatro años con mis por ese entonces infantes hermanos menores (ahora tienen ya quince y trece años y poco queda de esos niños salvo su efervescente negativa abañarse a diario). Fuera de una sala, “conservada casi con vergüenza y con motivos arqueológicos, para que los visitantes pudieran ver cómo eran los aburridos museos de antaño” el resto había sido modernizado. El resultado era el siguiente, en lugar de ver cientos o miles de animales embalsamados, sus esqueletos y poder leer alguna información más o menos escueta, las salas estaban pobladas de televisores desde los cuales podían verse documentales en 23 pulgadas. Al parecer los museos resultan aburridos para aquellos que no hacen más que ver televisión, con lo cual hay que reducir el museo a una oportunidad limitada de ver el cable restringida a los canales educativos, “para llevar el museo a aquellas personas a las que no les gustan los museos”. Llegado este punto, tampoco se ve para qué ir al museo, lo que los televidentes conjeturaron por sí mismos, ya que el museo no estaba siendo visitado más que por individuos decepcionados y vetustos que prefieren ir a los museos a mirar televisión. No necesito decir que la “sala histórica” era la única que merecía la pena: una estampida de los animales más grandes del mundo, sus huesos montados en posición de correr, debajo de un esqueleto de ballena íntegro colgado del techo con sus buenos veinte metros de extensión.
Todas estas cuestiones me llevan a pensar en un proceso que tiene mucho que ver con la “cultura del microondas”: el mecanismo general de hacer algo más fácil a costa de arruinarlo por completo. Para hacer la gramática más fácil, se quitan los ejemplos literarios, poco vinculados a la comunidad local (que habla mal y escribe, por cierto, como puede comprobarse en la redacción de cualquier periódico), se la deja completamente carente de sentido (qué es la gramática y qué son los recursos literarios alejados de la literatura y el buen uso del lenguaje) y, lo que es peor vaciada del valor moral y cultural que se encontraba en esos ejemplos. Para hacer la educación popular, se la hace inútil al pueblo. Lo mismo con los museos, los caminos y tantas otras cosas. Para comer velozmente se hace de la comida un producto propio de los astronautas: pre congelado, pre cocido y, me temo, pre digerido; en otras palabras, se gana el tiempo de comer a costo de sacrificar la comida. Un buen ejemplo, un ideal al que nos estamos dirigiendo y que deberíamos tener en vista para poder aproximarnos de manera más conducente son los animales, que no pierden su tiempo sino para descansar y reponer fuerzas para lo verdaderamente útil (o mejor incluso las plantas que ni siquiera pierden tiempo con el sueño).
No sé qué pensarán ustedes, por mi parte me voy a amasar unos fideos caseros (un puñado de harina, un huevo, nada más), beber una copa de vino y demorarme en el almuerzo. Luego a leer y, en todo caso, en cualquier caso, a perder el tiempo, que es el uso más humano que podemos darle.

viernes, 5 de febrero de 2010

26 DE DICIEMBRE DE 2019

Buenos Aires, 26 de diciembre de 2019

Espectáculos

Sentido homenaje a un artista revolucionario
Se estrenó la esperada película sobre la vida de Sandro

A casi diez años de su muerte, se estrenó en Buenos Aires “Gitano, genio y figura”, la esperada película sobre la vida de Sandro. Se trata de un merecido homenaje a este innovador de la música popular argentina.
Después de años de que los medios y el ambiente artístico relegaran al ídolo a un plano de artista de puro entretenimiento, este film viene a poner las cosas en su lugar. La historia narra los vaivenes de la carrera de Roberto Sánchez desde sus inicios, mostrando los duros comienzos en los turbulentos años sesenta, poniendo de relieve su compromiso con la música y destacando la influencia que ejerció sobre innumerables artistas de su generación y de generaciones posteriores a nivel nacional e internacional. Vaya como ejemplo su influencia sobre Jim Morrison, quien habría comprado el álbum “Alma y fuego”, editado en Estados Unidos en 1966.
Hay en el film escenas memorables, como aquella en la que sus compañeros de banda (Los de Fuego) quieren firmar un contrato con una discográfica internacional ante la indignación del cantante que se retira exclamando: “¡Mi arte no es una mercancía!”.
Resultan también reveladores los bien documentados datos que se aportan para demostrar que Sandro era, aunque muchos lo ignorasen, un artista comprometido políticamente. “Rosa, Rosa” estaría inspirada en Rosa Luxemburgo y sería también un claro homenaje a la trayectoria y militancia del inolvidable Osvaldo Pugliese. Es que la eficacia de sus metáforas para eludir la censura que ejercieron las reiteradas dictaduras militares en la Argentina produjo una de las obras poéticas más sutiles de la canción popular. Asimismo, la equivocada interpretación que se ha hecho sobre algunas de las películas protagonizadas por el astro (denostadas por la crítica, consideradas como cine-basura por los intelectualoides), ha sido acertadamente rectificada en los últimos años por el filósofo José Pedro Freimann que ha descubierto en ellas el contenido oculto que muchos habían ignorado: la reivindicación del joven idealista comprometido que lucha contra el conservadurismo burgués y decadente de los padres de su novia.
Otro punto novedoso y polémico son las alusiones a la despenalización de las drogas que se esconden detrás de su maravillosa lírica. Es verdad que, varios años atrás, Diego Capusotto descubrió el mensaje oculto en la letra de la canción “Dame fuego”, pero cierto es que la película ratifica esta teoría al revelar el origen de aquella otra letra que dice: “Tengo un mundo de sensaciones que te quiero regalar”, que aludiría a un porro que el artista habría regalado a una chica durante su juventud.
El director tampoco elude el compromiso al filmar los terribles momentos en que la salud del genio se deteriora y realiza estas escenas con particular destreza y sensibilidad. La tristemente célebre adicción de Sandro al cigarrillo lleva a que sus amigos intenten convencerlo infructuosamente de que deje el vicio. “¡Salí, careta!”, le grita a uno mientras lo empuja y sale corriendo hacia el kiosco a comprar un cartón de diez paquetes.
En resumen, se trata de un film valiente que no sólo es una fiesta de música y emoción para los fanáticos de la estrella, sino también una profunda reflexión para todo el público sobre el genio artístico, el mundo del espectáculo, el éxito y sus miserias. Imperdible.

Norma Plafón

viernes, 29 de enero de 2010

La construcción virtual del imaginario social: prolegómenos a una crítica de la ficción popular en la era multimedial.

El mundo editorial y literario celebra la póstuma edición de la obra magna de Pierre Duchant La construcción virtual del imaginario social: prolegómenos a una crítica de la ficción popular en la era multimedial. El autor, nacido en 1981 y autor también de Otros libros, compiló y estudió durante ocho años las nuevas formas de literatura a que dio lugar la difusión de la red de redes. Considerado el enfant terrible de la vida universitaria del nuevo milenio, sus clases y conferencias lo convirtieron en un referente en el área y su selección crítica de los mejores exponentes de esta literatura era esperado con ansiedad por el mundo académico desde hacía varios años. Infortunadamente, su temprana muerte producto de una infección por Sacarovictus Coccus no le permitió ver finalizada su obra, pero las numerosas notas y escritos encontrados por su familia permitieron a los eruditos dar forma final a la que es, sin duda, su obra cumbre. Aquí reproducimos el prólogo escrito por Duchant a modo de homenaje.

La aceleración de la accesibilidad al espacio dual de la fisicidad moderna, que como en las más apocalípticas pesadillas borgeanas se cierne amenazante –imparable fagocitosis metafísica- sobre su contracara ontológica: la mente, el mundo la historia (ruinas melancólicas y raídas de la mitología fundacional de nuestra post- existencia hipercapitalista), en el que los no- sujetos imaginantes prolongan su presencialidad global, desgarran su unicidad identitaria, resultando en múltiples escisiones de lo uno o fusión unitaria de lo múltiple –condenando así al ridículum a toda pretensión de clasificación cosificante, sustancializante-, y su situabilidad cartesianizante se esfuma en la no- localidad del cuanto, arrojan cada vez más a la infinita virtualidad los embriones de una neo- literatura viralmente creciente, que avanza en directa proporción a la regramatización y reortografización de las lenguas, en la que cristalizan los nuevos mitos fundacionales de una culturalidad global. Cabe, empero, rescatar lo trans- epocal manifiesto en su apelación a los motivos de la finitud, la fragilidad del cuerpo, la plutomanía y la devoción a lo trascendental. La literatura hoax, aunque el concepto de literatura sólo tenga sentido a la luz de un paradigma definidor al que el hoax es ajeno, por lo que se ha sugerido el más adecuado neo- literatura o post- literatura –terminología ésta que depende de la interpretación de las condiciones de posibilidad de su existencia, sobre la que los académicos aún no hemos llegado a acordar-, funda, decíamos, una nueva manifestabilidad simbólica de la sentimentalidad, del terror, de la caducidad que, como todo espacio de significantes, instaura su propio correlato en el plano del ser. Constitutiva de su esencialidad es su no- originariedad, su no- autoricidad –tan inconmensurable con lo anónimo donde la ignorancia es indeterminación de un referente existente en tanto que aquí se trata de una condición fundamental de no existencia- que es síntoma de su virtualidad. Los ejemplos se multiplican y sus consecuencias para la mencionada constitución de una onticidad de no- sujetos deslocalizados fluida y global son incalculables. Su radical alejamiento de –oposición a- la sólida concretidad del ente moderno se ve en la clausura de su efectividad dentro del espacio de lo virtual. Así, la plutomanía compulsiva se retroalimenta infinitamente sin salir de la virtualidad en la circulación de textos como “Bill Gates está compartiendo su fortuna. Si usted ignora esto se arrepentirá después. [...] Si usted remite este e-mail a sus amigos, Microsoft puede rastrearlo y lo hará (si usted es usuario de Microsoft Windows) en un periodo de tiempo de una semana [...]. En dos semanas, Microsoft se pondrá en contacto con usted para pedirle su dirección y entonces le enviará un cheque”. Así también, el hoax ha generado una nueva interpretación de la mortalidad y su transemanticidad con la microbiología, la química y la botánica en una de las piezas de mayor sentimentalidad existencial y complejidad estructural: “El día 08/01/06 mi hermano infelizmente falleció y como los médicos aún no nos habían dado el diagnóstico, llamé a mi abogado que entró en contacto con el Hospital. Tuvimos una reunión directamente con el director del hospital. Para nuestra sorpresa el caso era el siguiente: los sitios nocturnos sirven cervezas LONG NECK, y muchas personas piden que sea colocado una RODAJA DE LIMÓN para darle un “toque especial” (y por qué no decir mortal). [...] El Acido Cítrico del limón “viejo” en acción con los conservantes estabilizantes excesivos presentes en la cerveza son un paraíso para microorganismos ya existentes naturalmente en las cervezas (Sacarovictus Coccus Cevabacillus ativus) tipo draft. El resultado es la producción de una toxina altamente nociva a nuestro organismo”. La evidente interculturalidad del texto –la iconogafía foucaultiana del hospital, la apropiación de la terminología de Linneo, así como las alusiones a la cultura popular y de la noche- fueron motivo de agudas indagaciones académicas de las que nuestra lista de fuentes bibliográficas puede mencionar solamente aquellas que más repercusión han tenido o que puedan servir de orientación para ulteriores indagaciones. Por lo demás, la corrosiva constitutividad así como la relingüisticalidad de los textos seleccionados es patente, por lo que dejamos paso a la receptividad hermenéutica del leyente.

jueves, 21 de enero de 2010

EL RUIDO III (El discreto encanto de la discreción)

“Señor, vea que se le moja el paraguas”
Macedonio Fernández
Del bobo de Buenos Aires

El ruido me persigue por toda Buenos Aires; y como he decidido que la ciudad me es casi tan desagradable como grata (pero menos desagradable que grata), querría hacer un mínimo aporte para mejorar, aunque más no sea de modo infinitesimal, la vida en la urbe, considerando que yo mismo me he condenado a ella.
Cansado ya de soportar las impertinencias sonoras en los transportes públicos de pasajeros, y en vista de que me es imposible obligar a las empresas a que renueven su parque automotor, para con ello atenuar el ensordecedor ronroneo de sus diesel, el irritante chirrido de sus frenos y el penetrante resoplo de aire comprimido de sus puertas automáticas, me limitaré a intentar modificar sutilmente los hábitos de los pasajeros.
A fuerza de cambiar infructuosamente de vagón en trenes y subtes, de omitir mi queja al pasajero fuera de juego por temor a que éste lo tome a mal, o por miedo a perder yo mismo los estribos (con el consiguiente riesgo de ser arrojado del vehículo en movimiento por un tipo de pocas pulgas), he decidido probar una nueva estrategia.
Sabido es que el pedir que una persona baje el volumen de su música puede ser erróneamente considerado como un atropello a su libertad (¡oh, palabra bastardeada!) en pro del bienestar de uno (que al aludido le es francamente indiferente). El método consiste, entonces, en hacer creer al sujeto que uno desea hacerle un favor. Por ejemplo, ante un joven que insiste en aturdir a todo el pasaje con su música, se puede decir cortésmente:
-Disculpe usted, caballero, pero ¿no considera que está haciendo un deshonor a esa música (acá valen las mentiras piadosas, ya que la causa es noble), reproduciéndola en un aparato que tiene muy mala fidelidad? ¿Acaso su disfrute no es interrumpido constantemente por un contrapunto de motores, frenadas y bocinazos? Pienso que sería mucho mejor para usted gozar de la alta fidelidad, sin interrupciones, apoltronado en el sillón de su casa.
La cuestión de los celulares requiere estrategias similares. El primer caso se refiere los ringtones que reproducen, con un sonido espantoso, fragmentos de piezas célebres, como por ejemplo la badinerie de la suite número dos o la fuga en re menor de Bach.
-¿No cree, señor, que, a fuerza de recibir continuos llamados ingratos e inoportunos, terminará usted detestando esa pieza maravillosa?
El otro caso se refiere a aquellos que sostienen largas conversaciones (a menudo discusiones) a través de la red de telefonía móvil. Habitualmente lo hacen vociferando, de modo tal que uno no puede sostener una conversación a media voz con un compañero de viaje ni sumergirse en los propios pensamientos. En tal caso se puede utilizar el siguiente recurso:
-Disculpe, señorita, pero me parece que varios pasajeros están muy interesados en eso de que su novio le mete los cuernos. Hay una señora que está empezando a mirarla a usted de reojo y a sonreírle socarronamente a la chica que viaja a su lado. ¿No cree que, por resguardo a su intimidad, debería continuar la discusión en otro momento y en privado?
Ahora que lo pienso bien, no sé si el método será muy efectivo. Quizá lo mejor sea viajar siempre en taxi, pero la verdad es que no me da el presupuesto; y para colmo también existe el riesgo de tener que pedirle al taxista que baje el volumen porque, al menos a mí, Radio 10 me exaspera.

domingo, 3 de enero de 2010

Kafka: basado en hechos ficticios.

La vida literaria y la vida misma, que a veces es también literatura, que siempre, cuando buena, es una parábola de la vida, no recorren en general caminos parejos. Pocos pueden, como pudo Dickens, sostener una vida larga de producción y éxito más o menos constante. Y aunque son bastantes los que como Schiller, Wilde o Verlaine, alcanzan notoriedad a edad temprana, los más, como tantas bataclanas, tienen una vida breve en las literarias alturas (“todo cae” pienso que piensan tantas bataclanas). Descontando a los que caen en el lugar común (equivalente literario del saco azul-pantalón gris) y optan por quedarse ciegos (Homero, Flaubert, Joyce) hay otra clase de escritores. Estos últimos publican de más en más, alcanzan fama creciente y dedican sus años de madurez a la edición y publicación de sus aparentemente inacabables borradores. Kafka, es de prever, hubiera podido ser de esos últimos; sabemos hoy, no pudo.
Nacido en Praga en 1883, conoció la literatura, el amor y la pobreza. Ejerció las tres apasionadamente. Contrajo matrimonio y tuberculosis. Murió en Austria, en 1924. Debemos nuestro conocimiento de su obra a la tuberculosis, a la desobediencia de Max Brod y a diversos editores. [N de E.qué detestables, en general, los editores de crítica, con sus estudios preliminares duplicando la extensión de los libros, evitando que uno pueda disfrutar del doble de obras del autor que importa, y llenando con notas vulgares las partes más bajas de muchos buenos relatos.]
La observación borgeana de que Kafka, como todo escritor clásico, ha creado a sus precursores se ha convertido, justamente, creo, en un locus classicus: “El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado…”. Sorprendentemente, Borges no menciona a Chejov entre los precursores de Kafka. Cuentos como “Vania se examina en griego”, “El actor trágico” o “ El suboficial Prishibieiev”, fechados entre 1883 (año de nacimiento de K) y 1885, lo prefiguran en no menor medida que Browning o Kierkegaard.
Igualmente universal, aunque menos explícita, es la idea de que Kafka a su vez puede inscribirse en la línea de Becket, Heidegger y, pongamos, Derrida. Más aun, esta es la lectura usual: K sería el típico sujeto arrojado en un universo irracional. Pero las cosas son de otro modo. Yo no creo que Kafka participara de la amarga jactancia y del orgullo infeliz de los “contemporáneos”. Yo no quiero creer eso. Kafka no está retratando un ideal, ni un universal. Su obra es política en el más alto sentido, es una obra moral. Él está denunciando el peor de los crímenes en masa que se estaban por cometer: la defensa del desencanto y la envidia.
No sé cómo pudo universalizarse una prédica de la infelicidad y el odio. De cómo el siglo XX pudo finalmente establecer como punto de partida poco menos que evidente que todas las virtudes, felicidades y realizaciones humanas deben ser despreciadas por falsas. No sé cómo es posible que se acepte que la única forma de existir es finita angustiosa y vacía. Ni siquiera podría entenderlo si esa falsedad fuera cierta (y no lo es). Sus acólitos, no ven una refutación de sus esperpentos teóricos inhumanistas en un hombre feliz que juega con sus hijos o pasea con su familia; sólo ven en él un hombre engañado. Así hacen su camino de miopes que negando el caracter definidode las formas (que sólo ven borrosas en el mejorde los casos) queriendo convencer a todos de que se pongan sus lentes de desenfocar; mezclando lo claro y lo oscuro , lo distinto y lo dudoso en un gris apatíco de mierda. ¿Quién ha visto ciegos burlarndose de los videntes y de su ilusión del color?
Volviendo a nuestro asunto, lo que quiero defender es que Kafka no pertenece a las filas de los propulsores del descontento universal; a esa clase de hombres y mujeres que no pudiendo sentir verdadero amor por otros hombres o mujeres, no pudiendo sentirse hermanos, en lo esencial, del cazador de jirafas de Namibia o de los decoradores de cuevas de la cuenca del Indo, se aplican a profesar la imposibilidad del primero y la inexistencia del último. Pensar eso es como creer que los Grimm defienden el carácter terrible del mundo por el costado terrible de sus historias, o que el párroco Dogson defiende sa naturaleza ilógica del mundo sobre la base de su juego de espejos.
La obra de Kafka juega casi invariablemente (al menos en las novelas y en muchos cuentos) con la presencia de un elemento irracional en una trama ordenada. Un ser topo mítico en un pueblo normal, un hombre que cree que quiere llegar a un castillo, una obra desproporcionada entregada a ejecutores más o menos anónimos, etc. El juego de kafka está en explotar ese contraste, como en toda literatura del absurdo.
Mi tesis es que en muchos relatos ese elemento irracional es el protagonista de la historia, como ocurre en el relato “Ante la ley” y en su parábola, “El proceso”.
El hombre que cree que ha caído en una trama irracional y que ha quedado presa de un mal casi personal, no es un condenado, es alguien que no cree ser un condenado y no tiene el coraje de asumirse como tal, ni como inocente. Lo terrible de estos relatos no es el orden imperante, su falta de sentido, ni el papel que nos toca desempeñar. Lo terrible es vivir excluidos de ese orden. Pero esa exclusión es meramente un acto de conciencia, reflexivo, un acto de escisión del mundo. Pensar que podemos quedar fuera de ese orden que rige todas las cosas, de ese cosmos, es lo absurdo mismo. Pensar que el cosmos puede dejarnos afuera una mañana de abril (por no decir otro mes y elegir uno universalmente templado) es como pensar que podemos despertarnos esa misma mañana en la piel de un rinoceronte, siendo un unicornio o una marsopa (sea lo que sea la marsopa).
Pensemos en el relato “Ante la ley”. Allí están el guardián y el sujeto que “quiere entrar” jugando a Hamlet (o que juega a Hamlet queriendo entrar). Por qué hay allí un solo torturado, un solo sufriente. Hay dos hombres atados a una puerta, cuál es la diferencia entre ambos. Que uno acepta su lugar, cualquiera este sea y el otro no hace más que pensar en cuál será su lugar. Separado de la acción y de la vida, el necio desperdicia su tiempo todo en cavilaciones e infelicidad. Imaginemos este relato:
“G, ha estudiado en la escuela legal de guardias de Niemansburg. Sus calificaciones y cualidades no son destacadas, pero tampoco es el último de su clase. Tras la graduación es asignado a la puerta número 237 de La ley. Se lo instruye en su misión. G hubiera esperado algo más pero entiende que eso es lo que hay para él, toma sus cosas, se parapeta frente a la puerta y espera. La labor transcurre sin sobresaltos dentro de los márgenes previstos. Sólo se le ha ordenado vigilar la puerta, que está abierta, y se le ha dado alguna información un tanto inconclusa sobre las labores que se realizan detrás. Un día un hombre lo interroga sobre la posibilidad de pasar. Los días transcurren, el hombre envejece, jamás intenta pasar. G no tiene órdenes precisas sobre qué hacer si aquel forzase la entrada, o sí, pero en cualquier caso sabe que es un buen guardián y duerme el sueño de los justos. Francamente no entiende la existencia de un sujeto tan pusilánime y le parece que todas sus angustias son producto de alguna clase de locura, quizás debida a su carácter de extranjero. Acepta eso también como hubiera aceptado la presencia de fantasmas, si los hubiera tenido frente a los ojos. Completa su misión, se retira.”
La vida de G no es angustiosa, ha aceptado ser humano. El protagonista de la perspectiva kafkiana del relato es el otro hombre, o lo que es lo mismo, el topo. Un elemento no resignado a pertenecer al mundo, ni a ser un dios o como un dios. Como una mancha orgullosa en un mantel jactándose del poco relieve del hilo blanco.
Si así fuera, y basado la firme evidencia de hechos ficticios no veo por qué no podría serlo, Kafka también tiene por precursores a los filósofos de desaliento, el hombre arrojado y la angustia. Precursores póstumos, que no alcanzaron a ver ambos lados de la moneda. Hombres que no pudieron contentarse con ejecutar su incomparable destreza en un solo trapecio.
Los personajes de Kafka, muchos, los protagonistas, no son héroes. Sólo los policiales negros tienen héroes (como Casablanca o la Iliada). Los protagonistas de Kafka no son seres racionales arrojados a un mundo irracional, son el elemento irracional del mundo. Son, cuando humanos, cobardes. El heroísmo está en aceptar nuestro papel secundario, nuestras dos o tres líneas cuando mucho en la historia y actuarlas como es debido; por instinto, en general, o por aceptación; con una media sonrisa. Hector, Rick, y el personaje de de Will Ferrell en Stranger than fiction apuntan en esa dirección. Gloria a ellos, cuyos nombres, como los nuestros, no figuran en ninguna calle.