domingo, 21 de junio de 2009

Podas tangueras

El ya célebre género po.da no requiere introducción alguna. Ya hemos mencionado su breve manifiesto, sus criterios estéticos y a su contra vanguardia, la anti.po.da. El lector ávidode detalles puede remitirse a algunas de nuestras antiguas entradas.
En esta oportunidad, toca el turno de presentar un hallazgo, verdadera joya del género, en el cual la corriente parece haber cambiado su eje, avecinandose al grupo de Boedo (N. de E. no es esto una errata por beodos) y componiendo o recomponiendo sobre algunos célebres tangos.
Lamentablemente carecemos de los medios para reproducir aquí las grabaciones realizadas en frágiles discos de pasta de 78 rpm.
Podemos, sin embargo y como es usual, presentar las podas de las letras. Los originales son conocidos.
Tenemos una elocuente versión de "Soledad", de la dupla Gardel Le pera:

Yo quiero una mentira:
Tu boca
era mia.

De "Las cuarenta", de Grela y Gorrindo sólo sobrevive un paradójico fragmento inconexo que algunos antropólogos culturales acusan no es un fragmento de una poda sino del disco original:

Todo es falso.

El resto del abundante pero caótico material se encuentra actualmente en edición.

sábado, 30 de mayo de 2009

Sobre la Humanidad que existe y es universal.

Recientemente, en el contexto de una conversación con un viejo y buen amigo, sostuve la unidad del hombre. No es que él se estuviera deshaciendo ni nada por el estilo, argumentaba yo en favor de una cierta idea de Humanidad; de que en el fondo, más allá de las diferencias culturales, geográficas y cronológicas somos todos bastante parecidos; que hay bastante de humano en casi todos, con independencia de las formas accesorias que imponga el derrotero zigzagueante del Espíritu. En los párrafos subsiguientes procuraré defender esta tesis a través de algunos ejemplos traidos de India y la Grecia antiguas.
El equilibrio Indio y la unidad con el cosmos
La historia de Buda es conocida por casi todos los vegetarianos, lectores de Herman Hesse y personas aficionadas a la cultura. Es también un mito usual que Buda era un gordo bueno, que profesaba la tolerancia, el amor de todos, la terapia de pilates y cosas por el estilo.
La filosofía budista fue bastante bien recibida en parte porque servía a fines sociales precisos: combinaba el conformismo y la obediencia al orden de castas vigente por ese entonces en la península con una especie de esperanza de purificación y ascenso social a través de la reencarnación. Pero eso no es todo. Buda, que era un bacan profundo, condenó un conjunto de tesis filosóficas y declaró pernicioso el pensamiento de otras corrientes contemporáneas mucho más revolucionarias y que poseían numerosos seguidores. Entre ellas se cuentan el escepticismo de Belatthapputta, el atomismo y el materialismo de Kachchâyana y Kesakambala, el amoralismo de Kassapa y el determinismo de Makkhali Gosâla. Sus doctrinas promovían o bien la inacción lisa y llana (una especie de huelguismo general del campesinado) o bien la libertad (desobediencia civil) o bien la negación del karman (cielo Kantiano encarnado en la historia del cosmos).
Resulta particularmente polémica la posición del mencionado Gosâla quien, negando el karman y defendiendo el determinismo, aceptaba sin embargo la existencia de un camino de puificación del espíritu, un único camino. Éste sostuvo (la traducción del sanscrito es de Carmen Dragonetti):
"Existen, oh gran rey, 1.406.600 nacimientos principales; 509 actos y medio; 62 caminos; 62 sub-períodos cósmicos; 6 categorías; 8 etapas humanas; 4.900 ocupaciones; 4.900 monjes errantes; 4.900 regiones de serpientes; 2000 facultades; 3.000 infiernos; 36 elementos de impureza; 7 matrices animadas; 7 matrices inanimadas; 7 matrices nudo; 7 dioses; 7 hombres; 7 lagos; 707 pavutas (?); 707 precipicios; 707 sueños; 8.400.000 grandes períodos cósmicos; circulando y transmigrando a través de los cuales, el sabio y el ignorante pondrán fin al sufrimiento. Aquí no cabe: con esta disciplina moral o con este deber o con este ascetismo o con esta vida religiosa, poco a poco, yo haré madurar el acto no plenamente maduro o yo pondré fin al acto maduro. Así no es..."
Resultan claras las implicancias políticas de una tal doctrina. Resuta notable la fuerte presencia democrácita, individual, univeral y determinista de la Filosofía de Gosâla. Ideas todas presuntamente occidentales y plenamente presentes allí y entonces.
Los griegos, esos pensadores profundos
Suele exaltarse, con indignación creciente, la decadencia de nuestra cultura actual, el éxito de bailando por un sueño y la decrepitud del pensamiento contemporáneo.
Dejemos de lado esta última y triste verdad: la vulgaridad general del pensamiento (si así cabe llamarle) posmoderno al que nos referiremos en otra opounidad. Se dice que los griegos en cambio no eran así, no el profundo Platón, no el moralista Esquilo, no. Ellos estaban entregados a los pentámetros y la sodomía entre gente bien en un ambito deportivo y argumental, se dice.
Pero tal como hubo un Olmedo y un Porcel en nuestros setentas y ochentas hubo griegos como nosotros: gente que se rie con Franchela haciendo "uuuuuuhhhhhhhh".
Así, algunos grafitos pompeyanos contienen mensajes como "Por esta puerta me vuelvo loco [no se refiere a una puerta]" (CIL. IV 4519) . Y si se dice que los pompeyanos eran medio romanos podemos acudir a los priapeos (fragmentos priapicos): "De qué te reís muchacha estúpida. no me hizo Praxiteles, ni Escopas, ni me pulió la mano de Fidias [escultores célebres] sino que un campesino me dijo se Priapo. Sin embargo tu me miras y te ríes. Sin duda te parece salada esta columna que se yergue rígida entre mis ingles"(Frg. Pr. 10) o los versos "No digas que no te lo dije de antemano:/ si vienes a robarme, saldrás atravesado" (Frg. Pr. 59).
Sin palabras. Tinelli es quizás un lector y un ejecutor de la Grecia clásica más aplicado que muchos presuntos eruditos...
Viva Voltaire, que se burlaba de los frailes. Viva Hume, que rechazó un viaje a Francia porque estaba muy rico y muy gordo. Viva Leibniz, que mandó a un gil a buscar dos hojas idénticas en el jardín de Herrenhausen y se fue con Mme. la electora a los ligustros. Y, por encima de todo ,viva la Humanidad en la que nada nos es demasiado ajeno ni todo necesariamete propio. Salud.

miércoles, 20 de mayo de 2009


Mariano Lastiri y Luis Colucci invitan a:

CÁMARA OSCURA

Encuentro de música y pinturas, donde Tanger hará un concierto en formato acústico y se expondrán obras de Mariano Lastiri.
Se llevará a cabo en Silencio De Negras, Luis Sáenz Peña 663, el día viernes 29 de mayo a las 23:15 hs.
Entrada: $10

viernes, 3 de abril de 2009

TIGRES Y HALCONES

Comprendo que a quienes la ven por primera vez nuestra ciudad les parezca extraña pero, a pesar de los muchos cambios que sucedieron en los últimos años, creo que es como cualquier otra. Por supuesto que tiene sus peculiaridades, ¿o es que acaso alguna ciudad no las tiene?
La vida en las grandes urbes suele ser densa y rutinaria: largas jornadas de trabajo, transportes públicos atestados e interminables colas en los bancos. Las únicas incertidumbres cotidianas se reducen a temores tan prosaicos como el de sufrir un robo o una estafa; para los comerciantes, tener un día de poca venta; para los asalariados, perder el empleo; para los desocupados, no conseguirlo. En pocas palabras, la supervivencia en su modo más pobre, la rutina de las miserias cotidianas.
Nuestra ciudad no era ajena a ello; precisamente ese estado de cosas fue lo que llevó, hace varios años, a que nuestros ciudadanos se plantearan la necesidad de cambiar el estilo de vida. Muchos de ellos se dedicaron a la ardua tarea de buscar alguna salida para una ciudad agobiada por la rutina. Dicen que quien dio el primer paso para el cambio fue un ornitólogo que, cansado de ver sólo palomas grises anidando en las cornisas de la catedral, rescatando migas de la plaza principal o posándose en los balcones de los departamentos, decidió, sin autorización oficial, traer algunas especies de aves exóticas y liberarlas para que se reprodujeran. El hecho puede parecer insignificante, pero fue el comienzo de una serie de acontecimientos que llevaron a que la ciudad llegara a ser lo que es hoy.
En un primer momento las autoridades, enteradas del hecho, intimaron al especialista a que suspendiera esa actividad y rescatara a los ejemplares para evitar el desequilibrio ecológico, pero la noticia trascendió y se desató un debate público. La mayoría opinó que, ante el novedoso espectáculo, valía la pena correr un mínimo riesgo; a lo sumo algunas aves desaparecerían, otras se adaptarían y se reproducirían, pero lo cierto es que el hecho habría de sacar a todos, al menos momentánea y modestamente, del aburrimiento diario. Finalmente, la radicación no sólo fue aprobada oficialmente, sino que el gobierno organizó un programa de estímulo para la introducción progresiva de nuevas aves.
En un principio la vida cambió de un modo sutil: además de las previsibles palomas, comenzaron a verse tucanes y guacamayos que dieron a la ciudad un aspecto renovado. La introducción de nuevos árboles y plantas fue un proceso lógico y necesario para favorecer la adaptación de las especies que, en su mayoría, no sufrieron el cambio. Las nuevas aves, con sus múltiples colores, enriquecieron el habitual paisaje gris, hasta que pasaron a formar parte de él.
Un nuevo cambio sucedió entonces: se introdujeron algunos ejemplares de aves rapaces. Ya no se trataba simplemente de especies vistosas, sino de animales cuya magnificencia y agresividad generaban inquietud. Las palomas, por supuesto, desaparecieron; la gente, intrigada y algo atemorizada, solía esperar ansiosamente que algún halcón se acercara a sus ventanas.
La adaptación de aves de semejante envergadura fue un poco complicada; solían atacar a los animales domésticos más pequeños, cosa que no preocupaba demasiado a los habitantes que comenzaban a ignorarlos; pero lo cierto es que la movilidad de los rapaces estaba un poco limitada por la estrechez de las calles, la altura de los rascacielos y las marañas de cables de alta tensión y de televisión para abonados en las que solían enredarse. No fueron raros los casos de ejemplares destrozados por las hélices de los helicópteros policiales que, por entonces, sobrevolaban permanentemente la ciudad. Las posteriores generaciones fueron mejor adaptadas a los peligros urbanos, cambiaron sus hábitos y la población fue en aumento.
Poco tiempo pasó hasta que aparecieron nuevas especies traídas por los zoólogos, estimulados por el organismo estatal creado para tal fin. En este caso la medida no se limitó exclusivamente a las aves; los gatos, que normalmente deambulaban por los techos y las veredas, fueron reemplazados por felinos salvajes de gran tamaño, cuyas espléndidas estampas cautivaron a los habitantes. Pero el entusiasmo no se restringía al mero hecho estético; el peligro que suponía una pantera acechando a la vuelta de la esquina convirtió a las salidas nocturnas en verdaderas aventuras. Esto produjo una gran excitación a la mayoría de los ciudadanos, quienes exigieron al gobierno la radicación de nuevas especies.
Demás está decir que la caza tuvo que ser severamente penada; sólo justificaba la muerte de un animal el hecho de que una vida humana corriera serio peligro. El uso de armas se volvió corriente pero, desde entonces, las patrullas controlaron incansablemente el comportamiento de los habitantes. De todos modos, no existía en la población la más mínima intención de matar a los animales sin razón. Sabían que su presencia los enriquecía, estrechaba más firmemente sus lazos de solidaridad y, de alguna manera, daba sentido a sus vidas.
Inicialmente los accidentes fueron comunes, tanto para los animales como para los humanos: lobos desprevenidos aplastados por micros y ferrocarriles; adolescentes convertidos en jirones de piel a arañazos por haber estirado imprudentemente la cola de algún tigre.
Una carnicería céntrica fue asaltada por un león. Los clientes, en un primer momento horrorizados, luego contemplaron absortos cómo el animal los ignoraba y se llevaba media res y una ristra de chorizos, ante la desolación del carnicero.
En una cancha de fútbol de los arrabales, un arquero fue devorado durante una ofensiva de su equipo que, en su vano afán de empatar el partido, tuvo a su favor varios corners seguidos. El hecho recién fue notado al producirse el contraataque del equipo rival, que culminó en un gol que nadie pudo evitar y cuya validez aún hoy es discutida; debajo de los tres palos encontraron una pila de huesos sanguinolentos.
En los areneros de las plazas, los escorpiones fueron victimarios y víctimas; es verdad que envenenaron a varios niños, pero lo cierto es que en cuanto éstos les tomaron la mano, aquéllos se convirtieron en objeto de sus puntapiés, de encierros en pequeños frascos sin aire suficiente y de todo tipo de experimentos y torturas.
Los espacios verdes fueron densamente forestados y convertidos en pequeños bosques y selvas. Las salidas de fin de semana se volvieron apasionantes: había que evitar las mordeduras de serpientes y las picaduras de mosquitos anofeles y moscas tse-tse.
Por momentos la comunión entre personas y animales llegó a ser curiosa y hasta conmovedora. Algunas señoras maduras salían al anochecer con platos con restos de carne para alimentar a las hienas. Cuentan que una anciana daba vino a un cuervo que a diario se acercaba a su ventana, con el objeto de estimularlo a que hablara y aprendiera a decir algunos insultos que ella misma le enseñaba.
La población fue aprendiendo poco a poco las destrezas necesarias para sobrevivir a tantos peligros. Hoy los métodos son difundidos a través de la publicidad oficial y de la formación en las escuelas, además de los no siempre confiables consejos de las revistas semanales y los programas televisivos de la tarde.
Lo que otrora fuera una novedad y un desafío excitante se ha convertido poco a poco en rutina, en una serie de molestias cotidianas. La apatía comienza a ganar a los habitantes que, habituados ya a ver animales salvajes por doquier, empiezan a molestarse por los desechos que dejan en las veredas.
Varios especialistas de la ciencia y la cultura están pensando en la forma de cambiar este estilo de vida que se ha vuelto previsible y monótono, como lo puede ser esperar el ómnibus, pedir turno en el hospital o hacer cola en la caja del supermercado.

martes, 10 de marzo de 2009

PASSACAGLIA


Mariano Lastiri y Luis Colucci invitan a:
PASSACAGLIA
Encuentro de música y pinturas, donde se expondrán obras de Mariano Lastiri y Tanger hará música en vivo en formato acústico.
Se llevará a cabo en La Causa, Centro Psicoanalítico y Espacio Cultural, J.B.Alberdil 2652, el día sábado 14 de marzo a las 19:30 hs.
La entrada es libre y gratuita.

Para conocer más sobre la obra de Mariano Lastiri y de Tanger pueden visitar:

www.marianolastiri.blogspot.com
www.myspace.com/tangerspace

viernes, 27 de febrero de 2009

El Silencio*


Cuando hoy a la mañana salí de mi edificio para ir a trabajar, en la puerta de entrada me topé con mi vecino del quinto piso. No me sorprendí cuando no me saludó, por el contrario, habría sido sorprendente que lo hiciera, ya que jamás decía siquiera “hola”. Yo tampoco lo saludé; tiempo atrás, al no verme correspondido, yo también había omitido esa norma de cortesía hacia él. “Es un troglodita”, pensé, y salí a la calle.
Caminé hasta la parada y estuve ahí en el preciso momento en que llegaba el colectivo. Cuando subí, el chofer marcó el importe del pasaje sin que yo se lo hubiese solicitado. El hecho podía deberse a dos motivos: el primero, rápidamente descartado por mí, suponía la posibilidad de que el veterano conductor me recordara y conociese mi habitual destino, ya que viajo en esa línea desde hace años, a la misma hora y con una frecuencia casi diaria. El segundo y, a mi juicio, el más probable, era que marcara el importe de acuerdo a una precaria estadística que indicaría que los pasajeros, en su mayoría, suelen solicitar pasajes de esa tarifa. Acerqué la tarjeta a la máquina y pagué.
El vehículo estaba repleto y se hacía difícil avanzar entre el gentío; el piso ostentaba una humedad resbaladiza y perdí el equilibrio, empujando a un hombre de bigotes y pelo entrecano. Le hice un elocuente gesto de disculpa  con la cabeza, enfatizado por un movimiento de mi mano derecha y obtuve por respuesta una mirada inquisidora.
Una señora mayor muy bien vestida subió y, avanzando a manotazos entre la multitud, accedió a un asiento que le cedieron y por el que no dio las gracias. En la corrida, apoyó bruscamente su pie derecho sobre algo blanduzco, que resultó ser ni más ni menos que mi pie izquierdo. Ni un gesto hubo en su cara, ni una palabra salió de su boca.
El viaje a mi trabajo suele ser largo, pero esta mañana pareció serlo aun más; el clima estaba muy pesado, especialmente dentro del colectivo, donde la temperatura parecía ser varios grados superior a la del mundo exterior. Los pasajeros soportaban el viaje con estoicismo, mientras miraban a través de las turbias ventanillas y se esforzaban por aferrarse a los pasamanos.
Luego bajaron algunos y la atmósfera se volvió apenas un poco más respirable. Frente a mí se desocupó un asiento y me senté en él. A mi lado, junto a la ventanilla, una chica escuchaba música, los auriculares conectados por un extremo a sus oídos y por el otro a un smartphone, mientras dejaba errar la mirada en dirección a la calle. Al rato se levantó, pero antes hizo algunos gestos como para darme a entender que tenía que bajarse y que yo debía hacerme a un lado para dejarla pasar: cambió su posición en el asiento, se acomodó ligeramente el pelo, guardó algo en su cartera, miró con atención la altura de la calle y luego dirigió su mirada a mí, pero no dijo nada. Me levanté y pasó en silencio.
Unas pocas cuadras después, por fin, llegué a mi destino y bajé del colectivo. La situación se me había vuelto intolerable. ¿Acaso todos habían perdido el habla? Pienso que a esa altura hasta a mí me habría costado romper el silencio y que, aunque lo hubiese intentado, no habría salido una palabra de mi boca. Caminé unos pasos por la vereda, que estaba tan llena de gente que parecía una prolongación del colectivo. Entonces, no lo pude resistir: un tipo pasó a mi lado y, sin previo aviso, le pegué una terrible trompada en la mandíbula. Quedó aturdido, porque no le di tiempo a reaccionar; pero cuando se repuso del shock me gritó:
- ¡La puta que te parió!

Y yo salí corriendo sin poder disimular la sonrisa.


*Seleccionado y publicado en el libro Relatos Cotidianos, compilado por Elizabeth Toribio. Editorial Dunken 2018. 

Staff

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