lunes, 16 de enero de 2017

Viajes (X) - Caltagirone ida y vuelta

Foto: Nora Spatola (2016). Santa Maria del Monte
Alejándose del azul de la costa siciliana y adentrándose en las montañas, a seiscientos  metros de altura y sin decidirse a ser ciudad o pueblo, se encuentra Caltagirone.
Desde Catania y atravesando una angosta ruta en medio de un paisaje elevado, el micro llega, después de una hora y media de viaje, a una terminal casi desierta que se encuentra junto a una estación de tren también casi desierta, donde se ve a unos pocos hombres sentados y un colectivo con un cartel que dice Circolare, que suponemos nos puede dejar en el centro. Preguntamos, subimos, nos acomodamos en los asientos y, después del viaje en el que no falta el personaje que da charla al conductor durante todo el trayecto, nos encontramos en el centro, donde unos cuantos jubilados conversan en una plazoleta, mientras dejan pasar las horas de la mañana.
Dos cosas, ambas relacionadas entre sí, dieron una modesta fama a Caltagirone: la cerámica artesanal, que se produce desde las épocas musulmana y normanda, y la interminable escalera de Santa María del Monte, admirablemente decorada, escalón por escalón, con piezas de la famosa cerámica esmaltada. A nuestro lado, dos chicos la suben corriendo pero pierden el aliento antes de llegar a la cima. Nosotros subimos lentamente hasta llegar a la iglesia del mismo nombre, desde donde la vista es estupenda. A los lados, las pequeñas calles llegan hasta unas casas bajas llenas de encanto.
“Oggi abbiamo un sole francese” nos dice uno de los empleados de la secretaría de turismo, que nos entrega un hermoso y exagerado mapa de la ciudad. Una resolana templa el mediodía fresco. No es uno de esos días soleados típicos de la primavera del sur de Italia sino uno inestable, que amenaza con volverse frío y lluvioso en cualquier momento.
Caminando entre una arquitectura barroca construida sobre un trazado medieval lleno de desniveles (un terremoto arrasó los viejos edificios en 1693) las calles comienzan a vaciarse hacia el mediodía, tanto que parece difícil encontrar algún restaurante abierto. Finalmente damos con uno para la obligatoria pasta del almuerzo.
Al salir, la calle está prácticamente desierta y el cielo completamente nublado. La temperatura ha bajado unos grados y el viento se hace sentir. Caminamos un poco más pero la tarde se ha vuelto desapacible.
Dada la falta de información sobre los horarios del colectivo circular en el cartel de la parada (es, aparentemente, el único que va a la estación y, justamente, el único cuyo horario no figura) decidimos tomar el primero que venga, a sabiendas de que tendremos un largo tiempo de espera hasta la partida del micro de regreso a Catania.
Ya en el circular, otra vez el mismo hombre conversando con el conductor, dando vueltas, dejando pasar las interminables horas.
El colectivo se detiene en una calle y comienza un diálogo entre el conductor y un transeúnte. No llegamos a oír o a entender del todo, aunque el diálogo se extiende acompañado por elocuentes gestos de resignación y negación con la cabeza. Un pasajero viejo, sentado un par de asientos delante de nosotros, se da vuelta y nos explica en italiano: “Cincuenta y nueve años. Un ataque al corazón”
Seguimos viaje hasta la terminal. Al bajar, el desierto. Falta todavía una hora y media para que salga el micro a Catania. El conductor, siempre en italiano, nos pregunta desde su asiento: “¿Van a Catania? El bus sale a las cinco y media, falta una hora y media. ¿Qué van a hacer acá? ¿Por qué no suben de nuevo y dan una vuelta?” Aceptamos la invitación y subimos. Mientras el vehículo arranca, el pasajero que nos había explicado el incidente cardíaco nos aclara: “En una hora estamos de vuelta. A las cinco están acá.”
Pues bien, nos disponemos a dar una vuelta más por Caltagirone en colectivo, una forma de conocerla un poco mejor.
Sube un hombre desaliñado con una bicicleta. Tiene un cigarrillo en la boca y parece un poco ido. Obviamente no paga el boleto. Habla solo, se queja y fuma. “¡La sigaretta!” le grita el conductor. El hombre lo ignora. El conductor insiste. Pensamos que el aludido se puede poner violento pero no, simplemente apaga el cigarrillo y sigue mascullando.   Los pasajeros, que aparentemente lo conocen, se miran cómplices y sonríen. Él baja un poco más adelante y lo vemos alejarse lentamente por la vereda llevando la bicicleta a su lado.
Llegamos a la terminal un poco antes de las cinco. Hace frío y apenas hay una persona esperando. La estación de tren también está vacía. Caminamos un poco. No hay mucho para ver ahí. Habrá que esperar el bus de vuelta hasta las cinco y media.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Un sueño

Me desperté a las tres y diez de la mañana con la sensación de haber tenido un sueño. No recordaba nada de lo que pasaba en él, pero creí recordar que sucedía de noche, en un lugar determinado de una ciudad determinada que no podía precisar. Tal vez había una mujer a quien tal vez conocía, pero no sabía su nombre ni recordaba su cara. Todo era tan difuso que supuse que el sueño nunca había existido y que era sólo una invención producida en ese breve instante de vigilia, pero la sensación de haberlo soñado permanecía. Pensé en volver a dormirme de inmediato para intentar recuperarlo, pero supe que eso era imposible, que a lo sumo podría fabular otro sueño que me hiciera olvidar el primero o reinventarlo, es decir, falsearlo, así que decidí levantarme para escribir y falsear esta historia. Entonces comprendí, repentinamente, que todo (una decisión cotidiana, un hecho trascendente, una vida entera) es tan fugaz, banal, críptico e impreciso como ese o cualquier otro instante.

viernes, 15 de enero de 2016

Viajes (IX) - Postales de Nápoles

Foto: Nora Spatola (2013). Costa Amalfitana
-¿Argentini? ¡Come il papa! ¡E come Maradona! Ma Maradona è più grande del papa.
El comentario de un vecino de Meta, un pequeño pueblo a unos 50 kilómetros de Nápoles, confirma el mito: Maradona sigue siendo un personaje muy querido en el sur de Italia, especialmente en la zona del golfo de Nápoles. Graffiti en las calles, calcomanías en autos, locales de ropa deportiva que venden camisetas del Napoli con su nombre y negocios de souvenirs que exhiben muñequitos con su imagen lo ratifican.

A lo largo de la costa, desde Nápoles hasta Amalfi, en un paisaje de montaña y de un mar tan azul que parece de tarjeta postal, abundan los limoneros. Es por eso que no llama la atención que los restaurantes, después de la comida, ofrezcan limoncello a sus clientes como norma de cortesía.
Por el imprudente camino costero, al igual que por las estrechas calles de las ciudades y los pueblos de la región, el ir y venir de las Vespa es incesante. De fondo, hacia las montañas, el mítico y, por ahora, tranquilo Vesubio; hacia el mar, la isla de Capri.
La fascinación que producen los italianos en los turistas japoneses es notable. Un grupo se divierte filmando a dos empleados de una heladería de Amalfi que, mientras llenan los cucuruchos, cantan histriónicamente Torna a Surriento posando para la cámara. Ese mismo grado de fascinación es el que parecen producir dos jóvenes japonesas en dos mozos italianos que las atienden en un restaurante de Sorrento (ni rastros de sorrentinos en el menú), quienes juegan a seducirlas y, al parecer, obtienen alguna información que ellas les entregan en un papelito blanco.
La pequeña ciudad de Positano se despliega cinematográficamente desde la montaña hacia el mar. Sus calles zigzagueantes, que son como patios y escaleras, se alargan cansadamente hasta una playita de arena oscura, donde una pareja se besa interminablemente, mientras los habitantes acuden a la misa del domingo en la Iglesia Santa María Assunta.
Menos cinematográfico aunque no menos atractivo, el mercado de la calle Pignasecca, en Nápoles, ofrece una enorme variedad de pescados y mariscos frescos, gigantescas longanizas y cigarrillos probablemente contrabandeados, en un ambiente no tan idílico pero más real y cercano.

Nada hay, fuera de Buenos Aires y de unas pocas ciudades argentinas, menos ajeno a un porteño que el carácter de la gente del sur de Italia, donde puede pasar totalmente desapercibido, a menos que se disfrace de turista y empuñe permanentemente una cámara de fotos. En París sería fácilmente confundido con un italiano por sus gestos y por su acento. En Nápoles, su acento lo delataría. Entonces, inevitablemente, vendrían la pregunta y el comentario:
-¿Argentino? ¡Come Maradona!

martes, 12 de enero de 2016

Viajes (VIII) - La primavera de Praga

Foto: Nora Spatola (2015). Vista desde Hradčany
Buscar una dirección en Praga es un poco desconcertante. Las puertas tienen dos números diferentes, uno en un cartelito azul y otro en uno rojo. El del azul indica la dirección y el del rojo el número de edificio. Los números de una vereda no son correlativos con los de la opuesta: frente al 19 puede, por ejemplo, encontrarse el 63. El sistema, raro para nosotros, es el de herradura. La numeración comienza en el nacimiento de la calle y sigue en orden ascendente por una vereda. Al terminar la calle, la numeración sigue en sentido opuesto por la vereda de enfrente.
Llegando al río Vltava (que, por esos caprichos de la traducción o por incapacidad fonética, se conoce en español como Moldava) nos sorprendió una primavera soleada pero un poco fría y el emblemático Puente Carlos tan atestado de gente que apenas podía verse. Tal es la suerte que ha corrido la ciudad de Kafka después de la caída del comunismo: ser uno de los objetivos principales de un turismo masivo al que, es justo decirlo, no somos ajenos.
Entre la multitud del puente, de la que resaltaba una pareja asiática que parecía reírse de las magníficas estatuas y se sacaba fotos en cada una de ellas, surgió el sonido de dos acordeones que interpretaban virtuosamente la Toccata y Fuga en re menor de Bach, para luego arremeter con una versión aceleradísima de Libertango.
Era sábado y hubo que esperar a que pasara el fin de semana para disfrutar del puente más despejado y de la vista del río y de las extraordinarias cúpulas y los techos rojos que dominan el paisaje de la ciudad desde Staré Město, la ciudad vieja, hasta la altura de Hradčany, pasando por Malá Strana.
El centro histórico es una mezcla entre tradición y globalización: locales de masaje tailandés y pedicura con pececitos; expendios de bebidas alcohólicas que ofrecen diversas variedades de absenta (incluida una con cannabis); bares que ofrecen muy buenas cervezas de todos los tipos y más baratas que un café; restaurantes especializados en goulash; vendedores de trdelník (un pastel dulce y cilíndrico de origen eslovaco) y chicas que promocionan, en una curiosa y solapada forma de marketing, unas papas fritas cortadas en espiral insertadas en un palito de brochette. Las promotoras permanecen de pie durante horas en las cercanías de los comercios, sosteniendo el palito con las papas pero sin comerlas.
Ofreciendo excelente comida y cerveza a muy buenos precios, mucha historia y vistas excepcionales, Praga invita al placer. Su idioma, impenetrable para nosotros (la única palabra checa que aprendimos fue pivo, que significa cerveza), obliga al uso del inglés, aunque es posible encontrar personas hispanoparlantes.
Puede ser un poco difícil entender el sistema de numeración de los edificios, lo que no es nada difícil es entender la inmensa atracción que produce esta fantástica ciudad en las millones de personas que la visitan cada año.

miércoles, 6 de enero de 2016

Viajes (VII) - Lejana Viena

Foto: Nora Spatola (2015). Graben, Viena
Caminando desde la estación central de trenes de Viena y a unas pocas cuadras del Jardín de Belvedere, nos sorprendió encontrarnos con Argentinierstraße, la calle Argentina. Luego supimos que fue así bautizada en 1921, en agradecimiento a la ayuda enviada por este país a Austria durante la crisis posterior a la Primera Guerra Mundial.
Fuera de su tradición musical y de su condición de cuna del psicoanálisis, poco se sabe de Viena por estas latitudes, al igual que poco parece saberse de la Argentina en Viena. Caminando por el hermoso Naschmarkt, un gran mercado callejero, entre enormes y variadas aceitunas y quesos, más de un vendedor, alguno de ellos de origen árabe, al escuchar mi rudimentario alemán me preguntó de dónde veníamos. Ante la respuesta, la expresión siempre fue de asombro, como extrañándose de que hubiéramos podido llegar desde tan lejos, si es que sabían dónde quedaba el país del que les estaba hablando.
El orden, la limpieza y el buen estado de conservación de Viena no pueden sino sorprender a un porteño como yo y provocar una sensación de lejanía y a la vez de fascinación. También llama la atención que varios restaurantes tengan todavía área para fumadores. En uno de ellos no pude evitar la tentación de prender un cigarrillo después de unas salchichas con panceta y papas, como tampoco pude evitar la pregunta, pese a la elocuencia del cartelito en la puerta y a la humareda que nos recibió: “Kann man hier rauchen?”. “Ja!”, contestó una amable y voluminosa señora que, de inmediato, me trajo un cenicero.
Viena no es una ciudad para quienes buscan trasnochar y vivir el ruido sino para quienes quieren recorrerla a pie de día o en las primeras horas de la noche y dejarse impresionar por su belleza y majestuosidad. No es difícil encontrar algún viejo y tradicional café o restaurante, como el Bräunerhof, para pasar un buen rato en calma y respirar el clima de la cuidad, clima que nos perdimos de vivir la última noche, luego de pasar el día en la vecina Bratislava, ya que, por falta de tiempo, debimos cenar en un restaurante un poco impersonal cercano a nuestro alojamiento. Después de la comida, que era muy buena, el encargado nos preguntó, cómo no, de dónde éramos. “Argentina tiene muy buenos jugadores de fútbol” dijo en inglés. “Y la mejor carne”, agregó. “Hay un lugar en Viena donde se come carne argentina. Es muy buena”.
En definitiva, no importa cuán lejos se esté, siempre hay cosas para las cuales la distancia parece no importar demasiado.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Viajes (VI) - Bangladesh en Londres

Foto: Nora Spatola (2014). Fournier Street
En una oportunidad, un amigo inglés me dijo que en Londres se podía comer todo tipo de comida internacional de la mejor calidad. Cierto es que la comida londinense no goza de buena fama, pero la internacional que allí se prepara sí. ¿El fundamento? La diversidad cultural. Hay generaciones de inmigrantes e hijos de inmigrantes –más de la mitad de la población- allí instaladas que dejaron una impronta indeleble, como es el caso de la comunidad china en el famoso Chinatown
Brick Lane es una calle del East End, situada cerca del Tower Bridge, el puente más famoso de Londres, que parece un barrio de Bangladesh en medio de la capital inglesa. A ambos lados de la calle se ven restaurantes bengalíes que tienen la particularidad de que, en su mayoría, no venden alcohol porque son halal. No pueden venderlo pero sí se lo puede consumir, por lo que es bastante usual que los clientes lleven su propia bebida alcohólica, que puede ser comprada en alguno de los mercados de los alrededores que están abiertos hasta tarde y la venden un poco más cara que otros comercios.
Hombres de origen bengalí intentan convencer a los transeúntes de que entren en los locales que promocionan. Uno bajito, que habla un inglés con mucho acento, nos invita a pasar a comer. Pregunta:
-Where are you from?
-Argentina
Piensa un instante y dice lo obvio:
-Maradona’s country!
-Yes!
Y luego, lo inesperado:
-And Victoria Ocampo’s, one of my favorite writers!
Intenta convencernos de que entremos y nos dice que podemos comer por diez Libras cada uno. Le decimos que no porque esa noche ya teníamos decidido comer en el departamento. Dice entonces:
-Tomorrow, then.
Le decimos que no estamos solos en Londres y que tenemos que consultarlo con quienes nos acompañan.
Seguimos camino. Un hombre parado en la puerta del restaurante de al lado, que escuchó la oferta del otro, nos dice:
-You can eat for nine Pounds and a half.
-No, thank you.
Al día siguiente, el admirador de Victoria Ocampo nos ve desde la vereda de enfrente. Grita:
-Argentina!
Cruza la calle.
Nos recuerda que nos habíamos comprometido a comer esa noche en el restaurante en el que él trabaja. Me hace prometerle que vamos a ir, ofreciéndome su meñique para entrelazarlo con el mío:
-Because we are brothers.
Esa noche, finalmente, no fuimos a comer a ese restaurante sino a otro, en el mismo barrio, que nos habían recomendado. La comida bengalí era excelente y muy picante. Tuvimos que apagar el fuego con cerveza india que compramos en un mercadito de la zona.
Nuestra corta estancia no nos permitió corroborar el mito de que la comida inglesa no ofrece demasiadas opciones al tradicional fish & chips, aunque sería injusto ignorar al glorioso crumble de manzana. Sin embargo, dado el cosmopolitismo de Londres, no estaría mal incluir la comida internacional dentro de su propia tradición, así como Brick Lane es ya una parte de la cultura de la ciudad.

viernes, 29 de mayo de 2015

Viajes (V) - Bratislava siempre estuvo cerca

Foto: Nora Spatola (2015). Bratislava
El este queda a una hora de tren.
Ir desde Viena a Bratislava no implica simplemente viajar de una ciudad a otra en una hora sino, también, ir de un país a otro muy diferente y, si se quiere, del llamado primer mundo al tercero. Hace treinta años habría sido también un viaje burocrático y complicado desde el mundo capitalista del oeste al comunista del este.
El hecho de que Bratislava sea la capital de Eslovaquia es algo que confunde bastante a los no afectos a la geografía y a la política internacional, que no tienen muy claro qué pasó después de la caída del muro de Berlín. En 1993, pocos años después del colapso del bloque socialista, la República de Checoslovaquia quedó pacíficamente dividida en dos países: la República Checa, cuya capital es Praga, y Eslovaquia, cuya capital es Bratislava.
Praga es algo así como la reina de Europa del este. Muy bien conservada, poco dañada por la segunda guerra mundial y hermosamente gótica, goza hoy del privilegio y la desgracia de ser una de las ciudades favoritas del turismo. Bratislava es la otra, la desconocida, la oculta, una capital con pocos habitantes y curiosamente ubicada muy cerca de las fronteras de Eslovaquia con Austria y con Hungría. Llegar a ella desde Viena y encontrarse con su pequeña estación Hlavná Stanica es una experiencia similar a la de llegar a la estación de un pueblo desde una capital.
Muy cerca de ahí se encuentra la ciudad vieja, a la que se puede llegar caminando y acceder por la Michalská Brána o puerta de San Miguel, una de las cuatro que daban acceso a la antigua ciudad amurallada. Ahí comienza una especie de viaje al pasado que, según parece, también está cerca.
La ciudad vieja, además de bella, es melancólica, aunque no sé si eso es algo intrínseco a ella o una impresión producida por una contingencia meteorológica. Esa impresión de melancolía, que por provenir de un viaje tan breve puede ser engañosa, me la transmitió también lo poco que conocí de la ciudad nueva, pero no restó belleza a la experiencia sino que la hizo más rica, tal vez por el contraste con el ruido y las multitudes habituales de las grandes ciudades turísticas europeas.
Hacia el oeste, la magia medieval de la catedral svätého Martina termina brutalmente en un muro tras el que se erige Staromestská, una autopista digna de las pesadillas de Cacciatore, que separa la ciudad vieja del castillo erguido sobre una colina. Hacia el sur, el Danubio es atravesado por el Nový Most o puente nuevo, rematado por una alta torre con un restaurante en forma de plato volador en su extremo, un resabio de la obsesión por la conquista del espacio de la época la guerra fría, como lo es también la Fernsehturm de Berlín oriental.
La mayor parte de los viajes que se hacen a Bratislava son breves y se consideran una especie de yapa a los que se hacen hacia las ciudades más grandes de Europa. Sin embargo creo que es difícil llegar ahí y no querer quedarse más tiempo en el este e incluso llegar mucho más lejos, porque al caer la cortina de hierro se abrió un mundo nuevo al que viajar, aunque ese mismo hecho lo haya convertido en un lugar distinto del que fue.
Pese a su proximidad con occidente, un siglo de secesiones y guerras frías y calientes la convirtieron en un lugar lejano. Ahora, en paz, en una Europa casi sin fronteras, Bratislava está cerca.

viernes, 15 de mayo de 2015

Viajes (IV) - Venecia resiste

Foto: Nora Spatola (2015). Venecia
Según creo, supe de la existencia de Venecia siendo muy chico a través de un dibujo animado. No puedo decir con exactitud cuál era (ni siquiera puedo saber con precisión si fue así, aunque así lo recuerdo o así me parece recordarlo) pero es posible que haya sido El Inspector. Lo cierto es que Venecia siempre me resultó un lugar más perteneciente al mundo de la fantasía que al de la realidad. Las primeras fotos aéreas que pude ver (en tiempos en que algo como Goggle Maps no podía siquiera sospecharse) confirmaron esa idea. ¿Cómo podía existir una ciudad que estuviera construida prácticamente sobre el agua y que en vez de calles tuviera canales? Esas peculiaridades, su antigüedad y su belleza, sumadas a la distancia reforzaron esa idea: Venecia no podía ser real.
Pero es real. Bueno, en cierto modo lo es. Ahí están, en efecto, su Gran Canal, su Piazza San Marco, su Ponte Rialto, sus canales y sus puentes más pequeños y toda su extraordinaria arquitectura. No es necesario buscar arte en Venecia porque toda ella lo es. Lo que resulta irreal es que no parece tener vida fuera del turismo, como si se tratara de un parque de diversiones sofisticado.
No quiero ser injusto, unos pocos días no bastan para conocer su otra vida, la oculta, donde quizá uno pueda dar con un buen restaurante de precios módicos y porciones generosas (cómo no imaginar en Italia a un mozo de frondosos bigotes sirviendo suculentas y abundantes pastas preparadas por una señora gorda) en vez de pizzerías con estética fast food de dueños orientales que casi no hablan italiano, o descarados restaurantes para turistas atendidos por inmigrantes norteafricanos, seguramente muy mal pagos, que sirven platos escasos a precios exorbitantes.
Las góndolas, de aspecto lujoso y funerario, forman parte de una especie de monopolio del transporte recreativo y caro. No me fue muy difícil imaginar un futuro de góndolas mecánicas en la ciudad convertida en una especie de Disneyworld barroco-renacentista.
Dicen que Venecia se hunde poco a poco. Sería una verdadera pena, porque es una ciudad única en el más pleno sentido de la palabra, aunque tampoco puedo evitar imaginarla totalmente sumergida, convertida en la obsesión de los turistas aventureros que, por unos cuantos Euros, podrían bucear entre las torres y los campanarios.
Pero Venecia sigue ahí, hermosa e irresistible, llena de historia, canales, palacios, puentes y turistas. Y, sin duda, vale la pena conocerla antes de que, si los pronósticos catastrofistas son acertados, desaparezca.

martes, 18 de noviembre de 2014

Secuencia 2 - Música y visuales



Viernes 21 de noviembre, 21 horas
Casa (Sic)
JuaquÍn V. González 912 CABA

martes, 28 de octubre de 2014

Viajes (III) - Berlín o la reconstrucción permanente

Foto: Nora Spatola (2013). Berlín-Mitte
Desde un balcón del número 5 de la Haberlandstraße, una pequeña calle del barrio de Schöneberg, pende una tela con la inscripción E=mc². En la vereda, una placa recuerda que ahí estuvo el departamento en el que vivió Einstein antes de que tuviese que abandonar Alemania. Ese es el lugar. El edificio es otro.
En el este, en medio de un enorme parque se levanta el Memorial de Treptow, que recuerda a los soldados soviéticos caídos en la lucha contra el nazismo. Su mármol rojo antes revistió las paredes de la cancillería del Reich, que fue parcialmente destruida durante los bombardeos aliados en la segunda guerra mundial y fue definitivamente demolida durante la ocupación soviética. Donde estuvo la cancillería ahora hay un estacionamiento y una especie de patio debajo del cual se encontraba el Führerbunker, el lugar donde se refugió Hitler antes de suicidarse en 1945 ante la inminente la caída de Berlín.
En pleno centro, frente al imponente Domo, se realizan las obras de lo que será el Castillo de los Reyes de Prusia. Ya no hay monarquía ni Prusia pero alguna vez allí sí hubo reyes y un castillo que también fue destruido durante la guerra. En su lugar, la República Democrática Alemana erigió el Palacio de la República, que fue demolido luego de la reunificación. Ahora se ha decidido reconstruir el antiguo castillo real. O, más precisamente, construir uno similar en el mismo lugar.
En la East Side Gallery, frente al río Spree y junto al Oberbaumbrücke, uno de los puentes más antiguos de la ciudad, se puede ver el fragmento más extenso que queda del muro que durante casi tres décadas no sólo dividió la ciudad a la mitad sino que también rodeó Berlín Occidental. Hoy, cubierto por murales y graffiti es una galería a cielo abierto.
Sin una imagen tan definida y cautivadora como la que pueden ostentar París o Roma, Berlín se ha convertido en una ciudad muy cosmopolita. Sometida constantemente a los avatares de su historia —las guerras imperiales, el nazismo, los bombardeos, la ocupación, la división, la guerra fría y la reunificación—, puede parecer que nunca termina de encontrar su forma; pero tal vez esa sea su forma: la variación, el cambio permanente.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Viajes (II) - Roma miente eternidad

Foto: Nora Spatola (2014). Coliseo, Roma
Si hay una ciudad en la tierra que puede mentir eternidad es Roma. Una ciudad que conserva edificios construidos hace unos dos mil años —el Coliseo, el Foro, el Panteón— puede justificar el lugar común de ser llamada eterna. Lo mismo podría decirse del otro lugar común que la define como un museo a cielo abierto, si a todo ello sumamos el Castel Sant'Angelo, la Ciudad del Vaticano y las esculturas de Bernini, por sólo citar unas pocas cosas. Pero un museo es más una colección de lo que sucedió que de lo que sucede. Eso pasa con Roma, tanta historia produce una extraordinaria sensación de vértigo, pero también la sensación de que ahí ya nada nuevo puede ocurrir.
En su eternidad todo convive: fragmentos de acueductos de la antigüedad con iglesias barrocas y edificios fascistas; jóvenes pudientes y arrogantes con mendigos que permanecen arrodillados de cara al piso durante horas; anacrónicos agentes de tránsito de impecables guantes blancos con inmigrantes africanos vendiendo bijouterie. Todo parece superponerse de forma caótica y a la vez muy colorida. De lo más entrañable, el distrito de Trastevere, donde abundan las calles sin salida, invita a sentarse en una trattoria de manteles cuadriculados a comer un plato de pasta regado con vino y rematado por un diminuto y concentradísimo espresso.
En más de un sentido estar en Roma es, para un porteño, un poco como estar en Buenos Aires: tránsito caótico, calles sucias, transporte público ineficiente y gente que habla en voz alta y gesticula copiosamente. Puede decirse que los porteños somos italianos que viven en Buenos Aires y hablan en español.
El río Tíber, que bien podría ser a Roma lo que el Sena es a París, cruza la ciudad, pero es casi como si no estuviera. Poca gente camina por sus muelles. Atravesado por algunos puentes antiguos y hermosos, incluido el llamado Ponte Rotto, que es la ruina del antiquísimo Ponte Emilio, su estado de abandono nos recuerda lejanamente a nuestros dos ríos ignorados, que nos avergüenzan por lo que son, o por lo que podrían ser y no son.
Con mucho más pasado que presente, sin Fellini, sin Marcello, sin Anita en la Fontana, Roma, mintiendo eternidad, sigue siendo una ciudad fascinante.

lunes, 20 de octubre de 2014

Viajes (I) - Volver a París

Foto: Nora Spatola (2014). Rue Berton, París
Borges decía que releer es más importante que leer, sólo que para releer primero hay que leer. Extrapolando esa frase podría decirse que mejor que ir a París es volver a París.
Sucede que, la primera vez, París deslumbra por el peso de la historia, del Louvre, de Notre Dame y de la Tour Eiffel; pero tanto peso puede abrumar y convertirla en algo un poco distante y ajeno, si bien es cierto que, según las circunstancias y la duración del viaje, uno puede llegar a escapar del (de acuerdo a los consejos de los viajeros exprés y las agencias de turismo) circuito obligado y descubrir uno de los tantos rincones, como la Rue Berton, el Village Saint-Paul o el Passage Véro-Dodat, que constituyen su otra cara, la cara más íntima.
Aún así, es probable que toda esa experiencia recién comience a tomar una real dimensión al ser evocada tiempo después, cuando reaparecerán, de a poco, las imágenes de esos lugares que, a lo mejor, descubrimos por casualidad y que llegamos a sentir como propios, como si nadie los hubiese visto nunca. Entonces comenzará a crecer insistentemente el deseo de volver, de sumergirse nuevamente, ahora con más detenimiento, en la ciudad, que la segunda vez resultará menos ajena. 
Si llega esa segunda vez, seguramente uno volverá a buscar esos rincones y esperará sorprenderse con otros de los tantos similares, sin miedo a perderse o, más precisamente, con el deseo de perderse y de sentarse a tomar un lento café en esos bares de mesitas redondas que, deliberadamente, miran a la calle; de bajar a uno de los muelles del Sena y descorchar un buen tinto para saborearlo mientras espera a que baje el sol y comience la diaria metamorfosis parisina, porque París, de noche, es otra ciudad; de deambular por el laberinto del Quartier Latin y llegar hasta el Cour du Commerce Saint-André o la Rue Mouffetard, pedir una pinta y sentirse un poco parisino. Eso sí, entonces ya no habrá camino de vuelta; o, mejor dicho, sólo quedará buscar cuál será el camino de vuelta, cómo habrá que hacer para, una vez terminado ese viaje, volver a París

viernes, 25 de julio de 2014

SECUENCIA - Un trabajo sonoro-visual


SECUENCIA

Permanencia y cambio

Un trabajo sonoro-visual

Luis Colucci: Música

Constanza Humeres: Visuales

Juan Cruz Digrazia: Animación digital

Viernes 1 de agosto 21 hs.
El Emergente - Gallo 333 CABA

Entrada gratuita

Diseño de flyer: Alexis Gurman




martes, 27 de mayo de 2014

CICLO DE CHARLAS 2014

CHARLA CON

CLAUDIO GÓMEZ CORNET

LUIS ESPINOSA

GABRIEL POLESE


LUNES 2 DE JUNIO, 19 30 HS.

ENTRADA GRATUITA

Microcine del Instituto de Profesorado del Consudec

ESMERALDA 759

sábado, 10 de mayo de 2014

CHARLA CON MARÍA LIGHTOWLER


Video de la sexta charla de nuestro Ciclo de Conferencias del Departamento de Artes Visuales del Instituto de Profesorado del Consudec.
Gracias a María Lightowler por aceptar la invitación.
Todo el trabajo de producción, filmación y edición fue posible gracias a la colaboración de María Victoria Lastiri que se ocupó de la filmación, edición y del equipamiento necesario para tales tareas, de Cecilia Mariel Kranevitter que colaboró con las filmaciones, de todos los profesores que cedieron tiempo de sus clases para poder llevar adelante el proyecto, de los alumnos y de las personas que se acercaron hasta el Consudec que participaron de cada una de las discusiones.
Agradezco la colaboración de Luis Colucci que aportó la música de su autoría y a la gente de Tanger, intérpretes de la obra.
Especialmente, gracias a María Ana Baldani y las autoridades del Consudec que dieron el apoyo institucional y material para que esto pudiera realizarse.

Para conocer más sobre María Lightowler, pueden visitar su página:

martes, 8 de abril de 2014

Postal 8. Orient Express

Es el Expreso de Oriente. Si un tren decadente y poco verosimil hay, es ese. 

La estación está cerrada y se accede a los andenes por una entrada lateral de los años setenta. Están filmando una película en el bar y el lobby.  Hay humo artificial, falsos pasajeros vestidos con trajes elegantes y apócrifos empleados ferroviarios con uniformes impecables de 1920. No conviene profundizar en mis verdaderos compañeros de camarote, la travesti brasileña y el mecánico polaco, ni en los uniformes de los empleados reales [todos ellos merecen instantáneas aparte].  


El tren atraviesa una oscura entre Turquía y Bulgaria cuando, en ese idioma de la gente que no tiene idiomas comunes, el turco a cargo de nuestro compartimiento, el mismo que antes nos solicitó los boletos en un alemán correctísimo e inútil, nos observa atacando las provisiones para el viaje: una petaca con brandy, queso y pan (yo), una botella de vodka, salchichas envasadas al vacío y algo enlatado (el polaco).

Lukasz dice:
-Salchicha? [gesto indescriptible, cómico, de invitación a la salchicha] 
-No, no. Ich bin musulmán. Danke. No como cerdo, no juegos por dinero.
-Perdón, claro. No le ofrecemos entonces bebida. El Corán condena a los que beben alcohol.
-Bueno, son interpretaciones y tampoco hay que ser dogmáticos e ingratos oder?  Ya vuelvo.

Una hora después, somos siete en el compartimiento, fumando y bebiendo [todo el personal salvo uno de los maquinistas]. A la mañana siguiente, el tren se ha perdido [no sé cómo puede perderse un tren, pero tuvimos que seguir a toda máquina hasta una estación en la que pudieran informarnos dónde estábamos y cómo retomar]. Ese día por la tarde abandonamos el vagón cerca de la frontera rumana. Algo había ocurrido. Estaba lleno de humo. Ardía.

Todos, sin excepción, nos encogimos de hombros.

martes, 11 de marzo de 2014

Todo tiempo pasado

La placa, bastante dañada por el paso de los años, puede leerse en la pared de un viejo bar reciclado de San Telmo:
“Se ruega por razones de higiene no escupir en el suelo. Ordenanza municipal, abril 21 de 1909”
No sé el lector, pero yo nunca he visto que alguien escupiera en el piso de un bar ni recuerdo que, estando alguien dispuesto a hacerlo, éste fuera increpado por un amigo, camarero o vecino de mesa para disuadirlo. Debo pensar, en todo caso, que en 1909 no sería tan raro que eso pudiera suceder ya que, si no, no habría tenido sentido poner semejante placa. Recuerdo que en los viejos colectivos solían verse cartelitos con la leyenda: “Prohibido fumar y escupir" (también existía la versión ‘salivar’, que al parecer, sonaba más fina).
Dada la omisión de esas advertencias, debemos suponer que las personas han dejado, en general, dicho hábito, por lo cual aquello que esgrimen algunos viejos de que “la gente ya no tiene modales” sería una mentira. Arriesgo una humilde teoría: los seres humanos somos y hemos sido siempre insoportables, sólo que los modos que toman las conductas antisociales van cambiando según la época. Las quejas que despiertan los tipos despreciables que escuchan música despreciable en lugares públicos con pequeños aparatitos despreciables son tanto razonables como aparentemente novedosas. Pero en los años setenta y ochenta he visto con frecuencia personas munidas de viejas radios portátiles, escuchando transmisiones de fútbol a todo volumen en los colectivos y a tipos caminando por la calle escuchando música en enormes y ahora extintos radiograbadores. Esto último se daba poco, claro, no era muy práctico andar por la vida acarreando aparatos de semejante tamaño que, para colmo de males, solían consumir en pilas lo que una central eléctrica produce de energía en un año.
La pregunta que me surge, entonces, es un poco obvia: ¿Juzgamos el pasado por lo mejor que tuvo y el presente por lo peor que tiene?
Se suele considerar al renacimiento como una época de gran apogeo cultural, la gran era del arte y el humanismo, definición justa si se piensa en Rafael, Miguel Ángel o Leonardo Da Vinci. Sin embargo, y a propósito de Leonardo, hace un par de años descubrí sus Apuntes de cocina1  y encontré entre sus páginas, más exactamente en la sección Modales y usos en la mesa,  las siguientes joyas:

“Ningún invitado se deberá sentar encima de la mesa, ni de espaldas, ni en la falda de otro invitado”
“No deberá poner su pierna encima de la mesa”
“No colocará trozos de su propia comida masticados a medias en el plato de su vecino sin primero preguntarle”
“No limpiará su cuchillo en la ropa del vecino”
“No pondrá comida de la mesa en su bolso, ni en su bota, para comerla después”
“No escupirá frente a él2
“Ni tampoco a un costado”
“No se llevará el dedo a la nariz ni al oído mientras conversa”
“Deberá abandonar la mesa si está por vomitar”

Si esto no llama suficientemente la atención del lector, lo invito a leer los siguientes párrafos.

Acerca de cuál es el modo en que deben ubicarse en la mesa los asesinos”

“Si para la mesa hay planeado un asesinato, es claro que debe ubicarse al asesino en las cercanías de su víctima (...) dado que de este modo se interrumpirá menos la conversación, al mantenerse la acción circunscripta dentro de un pequeño sector.” “Una vez que el cadáver (y, si las hay, también las manchas de sangre) ha sido retirado por los sirvientes, lo usual es que el asesino abandone también la mesa, dado que, algunas veces, podría su presencia perturbar la digestión de aquellos que estén sentados cerca de él.”

Ignoro si Leonardo escribió estas frases con intención de ser irónico aunque sospecho que así fue. De todos modos, el hecho de que las haya escrito da una idea de lo que estaba mal visto en aquellos años y de lo que se suponía podía llegar a suceder en una mesa a la cual acudieran personas de malos modales. La alusión a los asesinatos habla a las claras, aunque sea en clave humorística, de los modos de los nobles de la época que, aparentemente, podían mandar a matar impunemente a quien los importunara e, incluso, tolerar que ocurriera un asesinato en su mesa (siempre y cuando fuese tramado por ellos) pero no que el asesino permaneciera sentado a ella.
Evidentemente, el hecho de que ciertos personajes notables hayan sobrevivido a través de sus obras y hayan llegado a nosotros después de siglos nos lleva a la ilusión de que éstos fueron la norma y no la excepción, como si en aquella época todos los vecinos de Florencia o de Venecia hubiesen sido artistas y no hubiesen existido los enterradores, prestamistas y ladrones. O más aún, como si todos los artistas hubiesen sido brillantes entonces y ahora fueran todos mediocres (aunque, es justo decirlo, ante la incerteza de los cánones, hoy cualquiera se considera un gran artista y es aplaudido por muchos sólo por aparecer en televisión, componer un jingle, tirarse al piso desnudo en una galería de arte o hacer una rayuela en el Palais Royal). Mientras tanto, nos quejamos de que el vecino del departamento J nunca cierra bien la puerta del ascensor o de que el del K, un adolescente, todavía no consigue, después de un año de torturarnos, tocar más o menos decentemente el riff de Satisfaction en la guitarra.





1  Da Vinci, Leonardo. Apuntes de cocina. Pensamientos, misceláneas y fábulas. Distal, Buenos Aires, 2003
2 Se refiere a Ludovico Sforza (1452-1508). Duque de Milán y mecenas de Leonardo.

lunes, 3 de marzo de 2014

CHARLA CON CATALINA LEÓN


Video de la tercera charla de nuestro Ciclo de Conferencias del Departamento de Artes Visuales del Instituto de Profesorado del Consudec.
Gracias a Catalina León por aceptar la invitación.
Todo el trabajo de producción, filmación y edición fue posible gracias a la colaboración de María Victoria Lastiri que se ocupó de la filmación, edición y del equipamiento necesario para tales tareas, de Macarena Bosch que colaboró con las filmaciones, de todos los profesores que cedieron tiempo de sus clases para poder llevar adelante el proyecto, de los alumnos y de las personas que se acercaron hasta el Consudec que participaron de cada una de las discusiones.
Agradezco la colaboración de Luis Colucci que aportó la música de su autoría y a la gente de Tanger, intérpretes de la obra.
Especialmente, gracias a María Ana Baldani y las autoridades del Consudec que dieron el apoyo institucional y material para que esto pudiera realizarse.

Para conocer más sobre Catalina León y su obra, pueden visitar su página:


También pueden visitar la página de su proyecto Vergel:


viernes, 21 de febrero de 2014

Doblaje apocalíptico

Lo confieso: tengo debilidad por los documentales sobre la historia del siglo XX y, fundamentalmente, sobre la segunda guerra mundial. No tengo el hábito de ver programas de TV con regularidad, por lo cual es raro que siga una serie, pero lo cierto es que he visto desordenadamente varios de los capítulos (creo que todos y, algunos de ellos, más de una vez) de Apocalipsis, una serie documental francesa sobre la segunda guerra.
No pretendo hacer aquí una crítica (y mucho menos un análisis ideológico) sobre los contenidos de la serie sino de algunas características de su realización y, en particular, de la versión en castellano.
La serie está bien realizada, debidamente contextualizada y están correctamente cubiertos todos los acontecimientos, considerando la diversidad de frentes que se abrieron en esa guerra que, además, duró nada menos que seis años. Las imágenes son, en su mayoría, filmaciones restauradas ya vistas en otras producciones similares. Lo verdaderamente novedoso aquí es, precisamente, lo que me molesta: el registro fílmico, originalmente en blanco y negro, está coloreado, lo cual desde, mi punto de vista, no sólo representa un falseamiento del material documental sino que atenta contra la misma estética de la serie. Los colores, muy lejos de realzar las imágenes, las aplanan, uniformando tanto los paisajes de fondo como los matices de, por ejemplo, los colores de la piel. Francamente, no alcanzo a entender el sentido de esto.
En cuanto a la versión en castellano, debo decir que doblar en vez de subtitular me parece una atrocidad. Puedo conceder que en el caso de un documental no sea tan grave como en las películas de ficción, puesto que la locución en off, más bien neutra e inexpresiva, se ve menos afectada que una interpretación actoral. Más allá de lo interpretativo, que no viene al caso, tengo una razón más para preferir el subtitulado al doblaje: si uno entiende, en mayor o menor medida, el idioma original, puede al menos contrastar los subtítulos con el audio, lo que a menudo revela horrores en la traducción. Con el doblaje uno no tiene más remedio que confiar en el traductor.
Pero por otro lado, y esto puede deberse a mi quisquillosidad, hay que padecer las incapacidades fonéticas -especialmente con respecto al idioma alemán- de la persona encargada de la locución. No me importa especialmente que utilice las versiones castellanizadas de los sustantivos propios alemanes, sino que invente pronunciaciones. Por Múnich (tal como se escribe y pronuncia en castellano) hay que tolerar un vocablo inexistente que se aproxima a "Miúnic", mientras que en alemán sería München, cuya pronunciación (ˈmʏnçən) no se parece ni remotamente a aquella. La Wehrmacht se convierte en "Vermach" en vez de [ˈveːɐ̯maxt] o de, al menos, "Uermacht" como se pronunciaría en castellano. ¿Por qué esa arbitrariedad? ¿Por qué pronunciar la "w" como "v" y no la "ch" como "j"? ¿Por qué no decirle "el ejército alemán"?
Los soviéticos tampoco se salvan: "Babi Yar", en Ucrania, se convierte en "Beibi Iar", como si se tratara de "baby" en inglés. ¿Será el título de un blues?
Entiendo que un locutor no debe necesariamente saber la fonética de todos los idiomas (aunque es parte de su formación conocer algunas) pero también es cierto que proyectar el doblaje de una serie de seis capítulos de casi una hora cada uno que, además, se exportará a varios países, implica, supongo, tener algún asesor que le de a aquél una idea de cómo se deben pronunciar ciertas palabras. Si no, lo mejor será decirlas directamente en castellano.
O bien se puede buscar en Internet, cosa que es escandalosamente sencilla.